DESDE HORTA

Retorno a Brideshead-Guinardó

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Bloques de pisos en Horta.

Bloques de pisos en Horta. / ELISENDA PONS

Lo que más me ha hecho sentir de Horta ha sido vivir en el Born durante seis años. Quien me oyera hablar de mi barrio pensaría que me habían arrancado de una bucólica aldea suiza, y no que me había mudado a 11 paradas de metro de distancia. Es duro pasar de un barrio-pueblo a unas calles adoquinadas con helados, gofres, creps, yofres (que son gofres de yogur, y no tengo por qué saberlo), 'smoothies'. La fantasía de un niño de siete años al servicio del turismo de lactantes. Hansel y Gretel y 'segways'.

 

Suspiro 'expat'.

 

Horta, en cambio, es la tierra alta. La pureza. Donde la gente cosecha lavanda y se mira a la cara, y esto posiblemente sea una dramatización. Sí se vive, sin embargo, una suspensión en el tiempo. De unos 15 años, pongamos. En el metro hay una señal que indica que está prohibido entrar con patines de línea. Patines de línea. Puro Pacific Blue. El pasado está vivo en nosotros: en Horta hay más asociaciones juveniles que habitantes, pero el individuo estándar es el anciano de 70 años con su perro de 17 haciendo la fotosíntesis en la plaza de Eivissa, pronunciado /plassivissa/. Aquí no hay bares con nombres como El Caso Born. Aquí miramos la vida a la cara con El Fracaso Bar.

 

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No me he confinado ni en Horta ni en el Born, ya no vivo allí. Hace pocos días volví al barrio para comer en casa de mis padres. Vuelta de reconocimiento: espiaba el estado de la gente y las cosas, buscaba cambios y quién sabe qué conclusión. Un espectador externo sin criterio diría que simplemente caminaba mirando con ínfulas de suspicacia a ambos lados, y tendría razón. Primera alarma: el horno de la salida de metro de la calle de Tajo, cerrado. Próxima apertura de Casa Ametller. Hm. Seguramente habría pasado igualmente sin pandemia. Siguiendo el ritmo de la ciudad, pero en diferido.

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El pseudoanonimato que brinda la mascarilla dio intensidad a mi investigación de pacotilla, pero por poco tiempo. Al cabo de dos minutos me reconoció una amiga de mi madre, que compartía mesa en el Quimet con los padres de un amigo de la escuela, que me informaron exultantes que eran abuelos desde ayer. ¡Enhorabuena, Aleix! ¡Bienvenida, Erna!