26 oct 2020

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Análisis

El rey emérito, Juan Carlos I, a la salida de un centro médico de Pozuelo de Alarcón tras ser sometido a un triple baipás, el 31 de agosto del 2019.

EFE / DAVID FERNÁNDEZ

El rey desnudo

Rafael Jorba

No solo la transparencia sino el sentido de la oportunidad han estado ausentes en las dos semanas transcurridas desde la salida de España de Juan Carlos I

La salida de España del rey emérito, anunciada hace 15 días por la Casa del Rey, podría haberse resumido en un único comunicado: Juan Carlos I ha trasladado a Felipe VI su decisión de desplazarse en estos momentos fuera de España, ha anunciado que permanece en todo caso a disposición del Ministerio Fiscal para cualquier trámite o actuación que considere oportuna y ha explicado que se encuentra en la actualidad en Emiratos Árabes Unidos (EAU).

Esta secuencia, que hubiese evitado especulaciones sobre su decisión, se ha materializado en tres comunicados distintos. El primero, de la Casa del Rey, el 3 de agosto pasado. El segundo, emitido ese mismo día, fue distribuido por el abogado del rey emérito, Javier Sánchez-Junco. Y el tercero fue hecho público este lunes por la Casa del Rey, justo dos semanas después del primero.

Es evidente que no solo la transparencia sino el sentido de la oportunidad han estado ausentes en este periodo. Tanto en la Zarzuela como en la Moncloa, que conocían en tiempo real los movimientos de Juan Carlos I, han evaluado la erosión que ha comportado el secretismo de esta supuesta ‘operación de Estado’. El objetivo -salvaguardar la figura de Felipe VI- se ha visto enturbiado. El relato, en el plano comunicacional, no podía haber estado peor diseñado.

Este desgaste institucional, del que tienen perfecta conciencia Felipe VI y el presidente Pedro Sánchez, se ha debido a una de las cláusulas del pacto entre el rey emérito y su hijo: sería Juan Carlos I quien informaría de su paradero y así lo hizo formalmente este lunes por la mañana cuando indicó a la Casa del Rey “que comunique que desde el pasado día 3 [...] se trasladó a Emiratos Árabes Unidos (EAU), donde permanece en la actualidad”.

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Es evidente, como escribí en mi anterior artículo 'El rey demérito' (10 de agosto del 2020), que Juan Carlos I goza de la presunción de inocencia y no está, en esta fase procesal, encausado, pero también lo es que el caso que se dilucida en los tribunales suizos y españoles podría esconder al menos dos delitos de peso: blanqueo de capitales de origen ilícito y fraude a la Hacienda pública.

Entre tanto, el rey emérito es dueño de sus actos y de sus silencios. Sin embargo, la cadena de errores que ha acompañado su salida de España no solo empaña aún más su figura, sino que resta eficacia a un gesto destinado a fortalecer el papel del rey Felipe VI. La decisión de instalarse provisionalmente en Abu Dabi tampoco contribuye a alejarle de la zona en la que surgieron los fondos opacos del caso que ahora investiga la justicia.

El deterioro de la figura de Juan Carlos I, que fue uno de los actores de la Transición, recuerda el cuento del Rey desnudo de Hans Christian Andersen. Los caprichos de aquel emperador le llevaron incluso a desfilar con un fabuloso traje inexistente. La gente elogiaba el nuevo vestido, temerosa de que sus convecinos se percataran de que no podían verlo, hasta que un niño exclamó: “¡Pero si va desnudo!”. Juan Carlos I, que atesoraba un fecundo bagaje político, se ha ido desnudando solo. Este lunes vivimos el último acto.