20 sep 2020

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Un respiro

Los presidentes del Parlament, Roger Torrent, y de la Generalitat, Quim Torra, en enero del 2020.

EFE / ALEJANDRO GARCÍA

Torra y los narcóticos

Luis Mauri

El rosario de despropósitos, deslealtades y bajezas de los años del 'procés' es inagotable. Catalunya necesita un año, siquiera uno, de descanso. Aunque sea con fármacos.

No consta que la fascinante Ottessa Moshfegh esté interesada en el conflicto catalán. No niego que pueda estarlo, solo anoto la improbabilidad de que la escritora norteamericana, autora de la tan celebrada como incómoda novela Mi año de descanso y relajación (Alfaguara, 2019), tenga noticia cabal de este enredo nuestro.

Irresponsabilidades políticas, promesas fraudulentas, delirios supremacistas, instigaciones dolosas, fracturas sociales, quebrantamiento del marco democrático, respuesta policial y judicial sobreactuada, manipulaciones desvergonzadas, parálisis gubernamental, calamidad económica y social…

El rosario de despropósitos, deslealtades y bajezas de estos años ásperos y fatigosos no cabe en este artículo, pero el resumen, por breve que sea, no debe olvidar la acusada tendencia a profanar la separación de poderes, atributo esencial de la democracia. Torra es el autor de la última intentona: exige purgas en el legislativo. ¿Quién dijo miedo? Antes, Puigdemont quiso arrogarse la potestad de designar al presidente del Tribunal Supremo de una Catalunya independiente.

No consta que Moshfegh domine el caso catalán. Pero se diría que envía un guiño comprensivo cuando encierra a su mordaz antiheroína con un saco de narcóticos en su piso de Manhattan para dormir durante un año y acallar así sus juicios sobre el mundo que la envuelve: "No hacía mucho en las horas de vigilia aparte de ver películas. No soportaba la televisión normal (…) Las únicas noticias que podía leer eran los titulares sensacionalistas de los diarios locales (…) Alguien importante se moría, secuestraban a un niño, un senador robaba dinero, un atleta famoso le ponía los cuernos a su mujer embarazada. Pasaban cosas en la ciudad (…) pero ninguna me afectaba. Ese era el encanto del sueño, que me desconectaba de la realidad (…) Los trabajadores del metro iban a la huelga. Un huracán iba y venía. Daba igual. Si nos hubiesen invadido los extraterrestres (...) lo habría notado, pero no me habría importado”. 

Esto es lo que Catalunya necesita seguramente. Un año, siquiera uno, de descanso. Aunque sea con fármacos.