18 sep 2020

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EFECTOS DE LA PANDEMIA

Una mujer pasea a su perro por los alrededores de la Sagrada Família, casi desiertos, el sábado 8 de agosto.

JORDI COTRINA

Gracias, covid

Imma Sust

Esto no es una guerra, es una colleja bien dada con la que alguien nos está enseñando a ser más felices

Hace años que descubrí que la clave de la felicidad consistía en sacarle lo bueno a lo malo. Renunciar a algo siempre recibiendo algo mejor de vuelta.  El coronavinus y su confinamiento, aunque algunos exagerados hablen de la guerra del siglo XXI, también nos ha traído cosas buenas. Primero, nos ha demostrado, que la comodidad no nos da la felicidad. También hemos descubierto que los niños no necesitan tanto colegio ni tantas horas extraescolares, lo que necesitan es estar con sus padres. Y lo mismo podemos decir de los perros. Qué felices han sido durante el confinamiento. Saliendo a pasear más que nunca y con sus dueños en casa todo el rato. 

Pasado el confinamiento, nos hemos encontrado un mundo que, si lo miran bien, no está nada mal. Se han acabado las aglomeraciones, los trenes abarrotados y las miradas de rabia cuando le pides a alguien que aparte a sus hijos de tu lado en la playa. Hemos ganado un espacio vital maravilloso. ¿Y los besos? Cuántas veces me he sentido superincómoda en un trabajo o una reunión donde a los hombres se les permitía darse la mano y en cambio las mujeres teníamos que ser besuqueadas por 'señoros' que nos daban grima y sin rechistar. Las mesas de las terrazas, separadas. Ya no me llega el humo de tu cigarro ni oigo tus conversaciones. 

Nos hemos vuelto más ecologistas, valoramos el comercio de proximidad y, si podemos, vamos andando o en bici. Que igual es por miedo, pero lo hacemos. Hemos descubierto que nos gusta trabajar, sentirnos útiles y hacer cosas. Valoramos más las cosas que no nos cuestan dinero. Un baño en el mar, la luz del sol, una conversación profunda y el tiempo de calidad que dedicamos a nuestros seres queridos. 

Yo he plantado un huerto en el árbol de enfrente de mi casa. Al principio del confinamiento, algunos vecinos me robaban las flores. No me rendí. Luego planté tomates y calabazas, y al final he conseguido que entre todos amemos y cuidemos ese árbol. Las calabazas casi llegan al cielo y, cada vez que las miro, me siento feliz y conectada con la madre naturaleza. Esto no es una guerra. Es una colleja bien dada. Alguien nos está enseñando a ser más felices. Gracias, covid.