CAMBIO DE MODELO

Un centro de la ciudad para todos

Antes o después Barcelona volverá a ser un destino atractivo para el turista, pero paralelamente debe atraer al ciudadano local y al visitante nacional

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Transeúntes en un paseo de Gràcia casi vacío, a la altura de la Pedrera, el pasado 10 de julio.

Transeúntes en un paseo de Gràcia casi vacío, a la altura de la Pedrera, el pasado 10 de julio. / MANU MITRU

El hundimiento del turismo ha evidenciado la enorme fragilidad del modelo de comercio del centro de Barcelona, hasta el punto de calcular en más de un 25% las tiendas que se verán abocadas al cierre. En el tránsito hacia la normalidad, que solo se alcanzará cuando se supere la crisis sanitaria, resulta indispensable redefinir un modelo que se ha orientado en exceso al visitante internacional. Así, desde hace años, ha prevalecido la comodidad de dejarse llevar por una avalancha turística que, sin embargo, ha alejado al barcelonés del centro de su ciudad. Es, pues, el momento de hacer frente a los estragos del covid-19 y, simultáneamente, avanzar hacia un comercio más sostenible y orientado a todos.

Para ello, pese a este año perdido, debe apoyarse una oferta comercial que, en su medida, se oriente al visitante pues, antes o después, el turismo recuperará su fortaleza y Barcelona seguirá siendo una de las ciudades más atractivas para ese viajero que, con capacidad adquisitiva, aprovecha su estancia para las compras. Así, resulta fundamental mantener activo el eje del paseo de Gràcia que, articulado como un espacio cercano y amable, concentra las marcas de mayor renombre global, constituyendo una propuesta única para el denominado turismo de calidad.

Generar atractivos para los barceloneses

En paralelo, debemos recuperar el centro histórico para el barcelonés que, en los últimos tiempos, lo ha percibido como un espacio orientado exclusivamente al turista. A partir de garantizar la seguridad, habrá que generar atractivos para que el ciudadano local se sienta nuevamente atraído por un barrio en el que, hoy, se multiplican hasta el exceso las tiendas orientadas sobre todo al turismo masificado. A ello podría contribuir, por ejemplo, la dinamización de sus numerosos centros culturales, un buen reclamo para que el barcelonés redescubra el corazón de su ciudad. 

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En este sentido, las nuevas limitaciones al vehículo particular constituyen un notable error, tanto por la manera como afecta a los muchos que, provenientes de otras localidades del área metropolitana, hacen sus compras en el centro de Barcelona como por la falta de sensibilidad hacia los más perjudicados por el desastre turístico. La prioridad del ayuntamiento debería ser el atender las demandas de los comerciantes, y no el dejarse llevar por un activismo tan oportunista como contraproducente en esta coyuntura.

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Finalmente, lo sucedido debería hacernos reflexionar acerca de la enorme importancia del mercado interior, en este caso del turismo nacional. Barcelona ha dejado de ser aquella ciudad que atraía, más que ninguna, al visitante español. Tras más de una década de discurso nacionalista excluyente, ya no somos un destino prioritario para los ciudadanos españoles, los únicos que siguen desplazándose en las actuales circunstancias. Recuperar ese atractivo resulta fundamental en cualquier proyecto sostenible de futuro.

El turismo regresará. La cuestión es que retorne de manera distinta, sin que nuevamente expulse a la ciudadanía local de sus espacios más propios. 

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