28 sep 2020

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TABLERO CATALÁN

El ’president’ de la Generalitat, Quim Torra, durante el pleno extraordinario sobre la situación de la monarquía, el pasado viernes.

MARC BRUGAT (EUROPA PRESS)

Eyaculación precoz parlamentaria

Josep Martí Blanch

Tocaba improvisar un pleno en el Parlament para solemnizar que aquí no hay rey que valga

El comportamiento del rey emérito permite afianzar la narrativa que nutre al independentismo

Catalunya es, en lo que a la política se refiere, una tierra de culo veo, culo deseo. Así que en estos días de reales posaderas tocaba improvisar un pleno en el Parlament para solemnizar que aquí no hay rey que valga, que esto es ya una república, emocional, virtual, gaseosa, pero república, y que lo de la monarquía es sólo cosa de quien vive en el pasado y que aquí, aunque las leyes digan otra cosa, ya vivimos en un futuro republicano de lo más.

Se divirtieron, unos mucho, otros menos, los ilustres diputados -y diputadas- en el hemiciclo lanzando proclamas. Aprobaron resoluciones republicanísimas que luego no se publicaron en el Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya (DOGC) por la negativa de los letrados a soliviantar al Tribunal Constitucional y, como punto final del curso político, Quim Torra cogió su fusil en Twitter para señalar que hasta ahí podíamos llegar. Luego pasó lo de siempre. Lo de siempre, ya saben ustedes, es nada. El punk político es como el musical, mucho ruido, algún eructo, y pocas nueces.

Pero la escenificación inútil del Parlament, secuestrado desde hace años por el simbolismo de la política de eyaculación precoz, no minimiza las consecuencias que va a provocar el traslado, que bonito eufemismo, del rey emérito fuera de España -con el anillo de poder en el dedo para hacerse invisible como en la trilogía de John R.R. Tolkien- en la futura campaña electoral catalana.

El discurso que Felipe VI pronunció el 3 de octubre del 2017 aún resuena en los oídos del cuerpo electoral soberanista y los esfuerzos por alejar a su padre de su actual reinado no van a ser suficientes para evitar que la institución monárquica continúe en barrena también entre las izquierdas no independentistas.

Los datos del último barómetro del CEO (Centre d’Estudis d’Opinió) hechos públicos en julio ya situaban a la monarquía como la institución peor valorada por los catalanes, que la puntuaron con un 1,59 sobre 10. Además, los que aún defienden a la institución monárquica son incapaces de hacerlo con argumentos propositivos y limitan sus aportaciones a dar por hecho que cualquier otro escenario sería peor. Los monárquicos, o los que se hacían llamar Juancarlistas y que ahora militan en el Felipismo, deberían tener presente que, de todas las colas de impacto que existen en el mercado, la que tiene como principal ingrediente el mal menor, es la de peor calidad.

Mantener el conflicto

Para el mantenimiento del conflicto político entre Catalunya y España la evaporación de Juan Carlos I es combustible de primera calidad. Junto a la ya acreditada "Operación Catalunya" y los reveses judiciales que el Tribunal Supremo sigue cosechando en Europa -el último la tercera negativa belga a extraditar al exconsejero de cultura, Lluís Puig-, la crisis monárquica derivada del comportamiento del rey emérito permite afianzar la narrativa principal que sirve de nutriente a la resiliencia independentista y que no es otra que una impugnación general del "régimen corrupto del 78".

Esto permite plantear sus batallas políticas sobre la base de un silogismo que asimila el independentismo a la renovación democrática y el constitucionalismo a la decadencia propia de un régimen corrupto en el que, ya puestos, se incluyen los diferentes sumarios de corrupción del caso 3% que afecta a los antiguos convergentes y que también son atribuibles al "régimen del 78" en el que estos vivían confortablemente instalados, según reza la biblia oficial del independentismo. En el pleno monográfico sobre la monarquía Torra sintetizó uno de los mantras de la futura campaña cuando dijo que los catalanes deberán elegir en las próximas elecciones entre "la república catalana o la monarquía española".

Otro referéndum simbólico, pero, como es sabido, las elecciones son el reino de las emociones y Juan Carlos I las ha avivado, y no precisamente en la dirección más oportuna para los intereses del estado. Los comunes, menos decididos que los socialistas a la hora de defender sus propias contradicciones, son los que más van a sufrir en un planteamiento de estas características en las que se será fácil hacerles subir los colores calificándolos de "republicanos asintomáticos", en acertada definición del ingenio tantas veces anónimo de Twitter.

La suerte para el estado sigue siendo la incapacidad y el infantilismo político que acompaña al independentismo en estos momentos, como acreditó el pleno sobre el rey. Se conforman con el encendido de bengalas para niños cuando los astros están mejor alienados que nunca para la acción política transformadora en el largo plazo. Pero esas son aburridas cosas de mayores, claro.