28 sep 2020

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análisis

Juan Carlos I y Felipe VI, en un acto en el Palacio Real para conmemorar los 30 años de España en la UE, en el 2015.

AFP / ANDREA COMAS

El independentismo y la monarquía

Marçal Sintes

El independentismo catalán ha ido incrementando progresivamente la censura y los reproches al rey Felipe VI, especialmente desde su discurso del 3 de octubre de 2017. Mi pregunta es si realmente el independentismo debe invertir grandes energías y esfuerzo en cuestionar la monarquía española, y hasta qué punto ello contribuye a conseguir un referéndum sobre el futuro de Catalunya.

No es este un artículo en defensa de la corona española. Juan Carlos fue rey porque Franco lo nombró sucesor y los partidos decidieron encasquetarlo en la Constitución de 1978. Las formaciones republicanas del momento, PSOE y PCE sobre todo, lo tuvieron que aceptar como parte del precio del pacto que permitió avanzar hacia la democracia.

La carencia de legitimidad democrática de una institución que, por otro lado, es un puro anacronismo, la logró compensar el ahora exiliado Juan Carlos I con su labor durante la Transición y también -aunque sobre este episodio planean dudas muy llamativas- con su actuación para detener el golpe de estado del 23-F. Durante muchos años la monarquía se justificó por su funcionalidad, es decir, porque se consideraba que había producido y producía buenos resultados, porque resultaba útil. Era una legitimidad, pues, no de origen sino relacionada con la contribución al interés general.

Hoy, sin embargo, con Felipe VI al trono tras el atropellado relevo de 2014 y la anómala e inquietante huida de Juan Carlos I, varios actores cuestionan con fuerza redoblada la monarquía. La legitimidad de origen, democrática, sigue siendo inconsistente. En cuanto a su utilidad, a su aportación, resulta evidente que Felipe VI no puede exhibir ningún aval comparable a los de su padre.

El rechazo del independentismo a Felipe VI lo entiendo perfectamente. Lo que quisiera poner sobre la mesa se si es inteligente, si es pragmático, para el independentismo invertir muchas energías en atacar la corona. Intentaré explicarlo en forma de ejemplo: así como juzgo lógica la ausencia de Torra en la reciente cumbre autonómica presidida por Felipe VI, considero desorbitado, amén de estéril, que, ante la huida de Juan Carlos I, el 'president' exija indignado la abdicación inmediata de su hijo.

Razones para no obsesionarse

Con el fin de explicarme mejor, concreto seguidamente algunas razones que aconsejan que el independentismo sea claro en la desaprobación de la monarquía española, pero sin el asunto en su su blanco obsesivo:

a) porque sin duda existe un buen puñado de otros objetivos más importantes en que volcarse; b) porque un hipotético referéndum acordado no será posible sin la aquiescencia del jefe del Estado Español, sea un rey o un presidente de la República; c) porque, a pesar de todo, no parece que los ciudadanos españoles, y mucho menos los principales partidos y los aparatos del Estado, estén dispuestos hoy por hoy a dejar caer la monarquía, todo lo contrario. Sea como sea, la discusión debe tener lugar necesariamente en el seno del conjunto de la sociedad española; d) porque los embates desde Catalunya más que debilitarla refuerzan a la corona a ojos de muchos españoles y también de aquellos que, por convicción u oportunismo, la enarbolan como la garantía de la estabilidad -del mantenimiento del pacto de la Transición- y de la unidad de España; e) porque nadie puede estar seguro de que la -improbable- desestabilización española dará lugar a una salida democrática al problema de Catalunya.

Mi impresión es que tal vez sí, pero que también podría darse perfectamente el efecto contrario.