23 oct 2020

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DESDE SANT GERVASI

La calle de Muntaner de Barcelona, prácticamente desierta, el pasado 1 de abril, en pleno confinamiento. 

JOAN CORTADELLAS

Aprendizajes en el barrio

Juan Manuel Freire

En pleno agosto, toca convivir de nuevo con el silencio, pero uno ya conocido, el que surge de los infinitos negocios cerrados por vacaciones

Este extraño año aprendimos, primero, a pasar más tiempo entre cuatro paredes, algo que quienes vivimos de escribir ya creíamos tener por la mano. Falsa ilusión: incertidumbre, caos, información, desinformación y nuevos aprendizajes conspiraban para crear un ruido de fondo que echaba por tierra todas las técnicas de concentración asimiladas durante años. En nuestras cabezas, era difícil escuchar una voz clara, algo que contrastaba con el silencio extraño del exterior, solo roto a las ocho por los aplausos y a primera hora de la mañana, al menos en nuestra casa, por el bullicio de cárabos y cacatúas.

Durante escapadas estrictamente necesarias y, más adelante, la desescalada, aprendimos después a observar nuestro barrio como un espacio de juego virtual. Como el mensajero Joseph Gordon-Levitt de la película 'Sin frenos', observábamos las calles, analizábamos posibles obstáculos humanos y al final elegíamos la ruta por la que era más difícil recibir esos golpes de tos ajenos. Aribau y Muntaner podían ser un hervidero, como las autopistas del videojuego 'Out run'. En una curiosa paradoja, las calles peatonales o semipeatonales, como la encantadora Oliana, podían ofrecer más espacio libre por donde transitar.

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Ya en la nueva normalidad, aprendimos a no comportarnos como el misántropo cómico Larry David en todas y cada una de nuestras interacciones con el mundo. Pensar en una ficción futura dominada por el virus da cierta pereza: casi sería mejor hacer como si esto no hubiera pasado. Pero me gusta imaginar a David tratando de marcar distancias en las colas o aplaudiendo la rectitud de los responsables del Bond Café de Avenir a la hora de no dejar entrar a nadie sin mascarilla. Ojalá una temporada covid de su comedia.

En pleno agosto, toca de nuevo aprender a convivir con el silencio, pero un silencio ya conocido y dominado en este barrio, el que surge de los infinitos negocios cerrados por vacaciones o el exilio en masa a las segundas residencias. Es un silencio a veces frustrante, aunque el de marzo era peor.