25 sep 2020

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Salud mental

La Rambla de Barcelona, completamente vacía, el 23 de abril, día de Sant Jordi.

La enfermedad del confinamiento

Sílvia Cóppulo

Confinar es perjudicial para la salud y la economía. Cuando la pandemia colapsa el sistema sanitario, no parece que haya alternativa, pero encerrarnos en casa es malo para la salud. La psíquica, de manera importantísima y, de rebote, la física. Empecemos por la mental.

Los estudios realizados, como el del Departamento de Salut, ESADE y el IDIAP Jordi Gol, o el de la UOC, arrojan que el confinamiento afecta a la salud psíquica de casi la mitad de la población (46%). Hablamos de cuatro veces más de ansiedad, triple consumo de hipnosedantes (prescritos) y diez veces más de automedicados. Además, la amenaza de un nuevo confinamiento que algunos gobernantes esgrimen a la ligera provoca una ansiedad anticipatoria peor que la realidad.

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Y ahora vamos a lo físico. Porque el malestar psíquico afecta a nuestro sistema inmunológico; ese que nos defiende de virus y bacterias. Debilitado por el estrés, se torna mucho más vulnerable y, por tanto, nuestro organismo es más susceptible de ser contagiado por el maldito virus.

Por otra parte, no se trata de poner en los dos platillos de la balanza salud y economía como si fueran antagónicas; ya que, aquellos que más sufren los estragos económicos a causa del confinamiento -estar en el paro, perder ingresos, vivir con más personas, etc.- son los que se estresan. El confinamiento provoca alteraciones mentales y daños económicos y, como consecuencia de ambos, mayor riesgo de enfermar de covid-19.

La única salida probada es: distancia, mascarilla y lavado de manos. No es fácil para los gobiernos gestionar esta crisis, pero los anuncios contradichos a las pocas horas (Lleida), con tribunales que anulan restricciones impuestas a colectivos (cultura y ejercicio físico) generan inseguridad y malestar emocional. La responsabilidad de la población se debilita por lo que puede valorarse como gestión errática o precipitada. Es muy difícil encontrar el punto de equilibrio entre el mal mayor y el menor, pero los gobernantes harían bien en reflexionar sobre que el confinamiento ‑aunque sea parcial- actúa también como una enfermedad.