Pensar la crisis

La cultura no merece tanto desprecio

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Concierto de Manel en el Grec, el pasado 7 de julio.

Concierto de Manel en el Grec, el pasado 7 de julio. / FERRAN SENDRA

Tomó el Govern de Torra las riendas de la gestión sanitaria. Los contagios aumentaron ante los fallos en la detección de casos y en el rastreo de los infectados. La impericia se combatió con una retahíla de restricciones. Entre ellas, la suspensión de las actividades culturales. Incluso el Grec y otros espectáculos al aire libre pasaron unas horas en vilo, mientras las playas y las terrazas de los bares se mantenía abiertas. El lema ‘La cultura es segura’ se extendió convertido en grito y lamento de un sector que cumplía de forma estricta los protocolos de seguridad sanitaria. Las reclamaciones de los alcaldes y la corrección del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya devolvieron la cordura. Pero a un sector precario y agonizante se le ha añadido capas de estigma tan injustas como irresponsables. Es inaceptable asociar cultura a inseguridad sanitaria, no solo por su falsedad y por el daño que provoca a las personas que trabajan en ella, sino por el perjuicio al conjunto de la sociedad.

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Viene, ya está aquí, una crisis sin paliativos, la desigualdad aún se tornará más insoportable y la precariedad se intensificará. ¿Y qué pinta la cultura en esta calamidad? Mucho, muchísimo. Porque necesitamos repensarnos colectivamente y hacerlo de un modo más crítico, más creativo y más inclusivo. En sus múltiples expresiones, la cultura es capaz de crear espacios de reflexión y de encuentro, de diálogo y de proyección de futuro. De un futuro mejor. Para asumir la complejidad del momento, para impulsar las capacidades, para crear vínculos y que nadie se quede atrás. Una cultura que se hinque en la educación, que se filtre en los barrios y que impregne otros campos del conocimiento.

Ahora que todo se desmorona, que tantas persianas no volverán a subir, resulta imprescindible mirar nuestras carencias y nuestras potencialidades. Y la cultura está ahí. Nos hace mejores, alarga la mirada, genera trabajo y es exportable. No es un capricho. Es una oportunidad y no merece tanto desprecio.