07 ago 2020

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Desde Sarrià

Entrada del colegio de los jesuitas de Sarrià.

JORDI COTRINA

Crónica de un pueblo

Rafael Vilasanjuan

Solo las nuevas terrazas de Sarrià han vuelto a dar vida al pueblo ahora que, como todos los veranos, se vuelve a escuchar de noche la banda sonora de las cigarras

Sarrià es el último pueblo que queda entre el sur de Barcelona y la falda de Collserola; un entramado de calles todavía estrechas, diseñadas mucho antes de que la ciudad entregara sus venas y arterias al asfalto. Por sus paseos peatonales todavía se puede entender que fue villa antes que urbe, lugar de recreo mucho antes del 'boom' de las segundas residencias. Sarrià entonces era verano. Con el paso de los años, a medida que la ciudad iba buscando sus límites, a este barrio llegaron los mas jóvenes. Casi un centenar de centros escolares lo convierten todos los inviernos en un hervidero de alumnos que llenan esas calles y plazas: niños y niñas con sus padres, chicos y chicas libres ya de vigilancia en su regreso a casa. Visto a esa hora que queda entre el estudio y la cena, desde octubre hasta junio, el barrio es un hervidero de jóvenes que contradicen las proyecciones demográficas.

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Este año ha sido distinto, ha sido bien extraño. Entrado marzo el paisaje mutó, las escuelas cerraron, las calles enmudecieron. De repente dejó de haber niños y niñas matando el tiempo entre la escuela y los deberes. La vida se concentró en los balcones hasta entonces olvidados. Las calles pequeñas, las casas enfrentadas a pocos metros unas de otras empezaron a rescatar vecinos desconocidos, asomados a preguntar cómo va todo.

Los días de confinamiento cuando caía la tarde, antes de los aplausos, los balcones devolvieron al barrio su cara mas amable. Sarrià volvió a ser pueblo. Tal vez no haya renunciado nunca, como nunca había renunciado en verano a la tranquilidad de esas calles sin el bullicio de los estudiantes y con buena parte de los pisos vacíos con sus vecinos emigrados entre la costa y la montaña. Sarrià en verano -todos los veranos- es un oasis de calma. Este año se adelantó con la extrañeza del confinamiento y solo las nuevas terrazas han vuelto a dar vida al pueblo ahora que, como todos los veranos, se vuelve a escuchar de noche la banda sonora de las cigarras.

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