24 oct 2020

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LOS NACIONALISMOS

Iñigo Urkullu, tras conocer los resultados de las elecciones del pasado 12 de julio, en las que salió reelegido.

H. BILBAO (EUROPA PRESS / H. BILBAO)

Trayectorias divergentes

Rosa Paz

La antigua CDC pasó del pragmatismo de Pujol a liderar el independentismo, mientras que el PNV apostó por profundizar en el autogobierno

Iñigo Urkullu es un tipo tranquilo y pragmático, lo que le ha conferido una amplia credibilidad entre sus votantes -como se refleja en las elecciones-, pero también entre sus colegas y sus rivales políticos. Por ello, seguramente, fue llamado a mediar, en el otoño del 2017, entre el entonces 'president', Carles Puigdemont, y quien ocupaba en aquel momento la Presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy. El lendakari es también una persona seria, de esa seriedad que proclaman muchos vascos de creer en la palabra dada, de que lo que se acuerda se cumple, así que cuando piensa que ese principio se está infringiendo se mosquea. 

Puede que esa fuera la razón por la que su mediación en el 'procés' acabó con un gran distanciamiento entre él y Puigdemont. Aunque también se sintió defraudado por Rajoy y la mayor parte de los políticos con los que trató entonces. Con el 'expresident' el recelo se produjo porque este creyó que Urkullu solo buscaba hacerle abandonar su intención de proclamar la independencia, sin contrapartidas del Gobierno español, y el lendakari, porque Puigdemont le decía que no quería la declaración unilateral de independencia y que iba a convocar elecciones y actuó en sentido contrario. 

Es también muy probable que su decisión de hacer públicos sus diarios de aquellos días -que El PERIÓDICO ofrece en exclusiva- tenga que ver con el malestar por la versión que de su labor mediadora da Puigdemont en 'M’explico', un libro del 'expresident', escrito por el periodista Xevi Xirgo. Puede ser, pero no se sabe, porque Urkullu ha evitado polemizar públicamente.

Si el lendakari aceptó el papel de intermediario fue porque podía hablar con franqueza con todas las partes, pero también porque temía que el ejemplo catalán se contagiara a Euskadi a través de la izquierda aberzale. No porque creyera que la independencia unilateral podía triunfar -tanto él como el presidente del PNVAndoni Ortuzar, hicieron declaraciones sobre la imposibilidad de que eso ocurriera-, sino porque Bildu podía haber iniciado una campaña de desobediencia en el País Vasco, pese a que allí el apoyo a la independencia se sitúa por debajo del 20%. 

Transición a la moderación

Para Urkullu esa posibilidad hubiera supuesto una marcha atrás una vez que ETA había desaparecido derrotada y que el propio PNV había hecho una dura transición a la moderación -al realismo, dicen algunos- tras la etapa soberanista del lendakari Juan José Ibarretxe y su proyecto de Estado libre asociado. Porque el nacionalismo catalán y el nacionalismo vasco tuvieron una trayectoria divergente.

La antigua CDC pasó del pragmatismo de Jordi Pujol a liderar el movimiento independentista, mientras que el PNV abandonó la tentación secesionista e hizo una apuesta por profundizar en el autogobierno y el pluralismo. Tanto, que volvió a gobernar con el PSE, con el que ya había formado coalición durante 12 años anteriormente.

Los dos nacionalismos se han mirado siempre con suspicacia. De hecho, cuando, en aquel momento del 'procés', un grupo de notables catalanes fueron a ver a Urkullu, lo primero que les dijo, según cuentan, fue: "Mi partido, el PNV, y yo como lendakari siempre nos hemos sentido maltratados por el nacionalismo catalán".