Desde el Guinardó

Un parque tomado al asalto

La cima del Guinardó ya no es un bucólico paraje de reminiscencias literarias sino un mirador ocupado por una muchedumbre

Se lee en minutos
El parque del Guinardó.

El parque del Guinardó. / FERRAN NADEU

Una buena obra puede estar cobijada en un adefesio arquitectónico. La casa de reposo de los Camils, levantada en la posguerra en la finca de la Torre del Suro, es la prueba de esta coexistencia y el inicio del que fuera mi paseo habitual hasta los Cañones del Turó de la Rovira, a partir de la inacabable escalinata de Sales i Ferré. La cima del Guinardó ya no es un bucólico paraje de reminiscencias literarias sino un mirador ocupado por una muchedumbre que sube para admirar la ciudad, despreocupada del enemigo emboscado allá abajo. Durante años recorrí el parque a diario con Ra, mi golden travieso, sin toparme jamás (excepto los domingos) con más de una docena de gentes relajadas. El paseo fue luego una prescripción médica y a cada paso me acordaba de Joaquín, mi médico; al llegar al puente de Mühlberg comprobaba las pulsaciones y daba media vuelta para acabar con el suplicio.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

Te puede interesar

La cosas se complicaron para Joaquín, jefe clínico de enfermedades infecciosas en Sant Pau, y para todos. El parque del Guinardó pasó a ser un reconfortante recuerdo de la Barcelona Gran, adormecida y silenciosa. La postal se estropeó en cuanto la desescalada liberó las energías acumuladas. El bosque transmutó de día en un circuito panorámico tomado por exreclusos convulsivos en busca del aire todavía puro de un oasis muy ignorado cuando no había tantas ansiedades. Al atardecer, en escenario del botellón nocturno, con epicentros en el mirador de los antiaéreos y en el picnic de la Font del Cuento.

Unos días antes de la incertidumbre por los rebrotes subí a despedirme del banco desde el que se puede evaluar la actividad del aeropuerto. El parque nunca ha sido para el estío y este verano no colapsará el aeropuerto. Un día todo esto pasará y los pinos del Guinardó saludarán a los de siempre y a quienes se fijaron en ellos en la invasión de la desescalada. Los jardines Ravetllat-Pla, abiertos antes de la pandemia, ayudaran a regular los flujos y lo que no haga la comodidad hará la pendiente.