05 ago 2020

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IDEAS

La playa Llevant de Barcelona, el pasado 17 de julio.

MANU MITRU

Las siete edades del hombre

Josep Maria Pou

A falta de veraneo a la vista, me imagino en una de esas playas que tan bien pintó Sorolla. Quiero verla con los mismos blancos y azules, la misma calma, la fina arena, la quieta espuma. Pero no lo consigo. Tal y como están las cosas, otra imagen se me impone.
La playa que veo a mi pesar está abarrotada. Dos grupos de gente. Unos al borde del mar, otros tierra adentro. En la orilla, con el agua hasta la cintura, un montón de ciudadanos solidarios lidian con todo tipo de objetos, sacos de arena, troncos, barricadas de hormigón, mil y un trastos imaginables, por tratar de impedir la llegada de esa segunda ola que ya se vislumbra en el horizonte y que algunos anuncian inevitable.

La nueva normalidad, que yo quería plácida y segura, me está resultando, a causa de algunos, terreno pedregoso

Al mismo tiempo y en la misma playa, a pocas pisadas de distancia, otros ciudadanos, en mucho mayor número si cabe, holgazanean, beben, bailan, se abrazan y manosean, en lo que solo puedo entender como una carcajada salvaje, un reírse a mandíbula batiente, de quienes en la orilla, a su lado, se esfuerzan decididamente por salvar vida y hacienda.
Imágenes extremas, lo sé. Pero la nueva normalidad, que yo quería plácida y segura, me está resultando, a causa de algunos, terreno pedregoso. De nuevo, el miedo al camino. El no saber donde pisar, donde mirar, en quien confiar. En ese via crucis repetido, lo que menos entiendo es la diferencia de comportamientos. Tengo la impresión de que en este momento son los más débiles, los de más de edad, los más vulnerables, quienes sacan pecho ante la ola y se confabulan para frenar su llegada, mientras que, a su rebufo, son los más jóvenes, los fuertes, los de mayores defensas, quienes le dan le espalda de manera olímpica y despreocupada.
Fue Shakespeare el que clasificó en siete las edades del hombre, que van de la infancia a la muerte. La tercera edad era, para él, la de "los amantes que suspiran como un horno". La séptima, "la del simple olvido, sin dientes, sin ojos, sin gusto y sin nada". Recuerdo la cita y pienso que en tiempos excepcionales (¿tiempos de pandemia, quizás?) pasar de la tercera a la séptima es cosa que puede hacerse en un abrir y cerrar de boca. Es decir, en un plis plas. O, por más adecuado, en un santiamén.