Desde Sant Antoni

No es lo mismo

En el barrio abundan los carteles de "se traspasa local". Y los que han sobrevivido, lucen distinto con acceso limitado

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Agentes cívicos junto al Mercado de Sant Antoni.

Agentes cívicos junto al Mercado de Sant Antoni. / LAURA GUERRERO

Escribo este artículo unos días después del anuncio de nuevas restricciones en Barcelona. No será un verano fácil, y un nuevo confinamiento es la espada de Damocles que penderá sobre nuestras cabezas mucho tiempo.

Estos días es imposible andar por las calles de mi barrio sin pensar constantemente en cómo eran cuando estábamos encerrados en casa. Durante la pandemia, ni el Mercado Dominical, ni los Encants de Sant Antoni, ni restaurantes, ni bares abiertos. Solo colas. Colas enormes para comprar lo esencial, que nos demostraron que, a pesar de lo que creíamos, en el barrio no todo son guiris.

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La primera noche de 'nueva normalidad' desde casa, tuvimos una serenata de gritos y canciones de la gente que estaba en las terrazas del pasaje de Calders. Por fin, pensé. Vida. Y cómo se ha echado de menos toda esa vida que el virus nos arrebató de un día para otro, sin preguntar y sin clemencia. Después de estos meses de inactividad, en el barrio abundan los carteles de “se traspasa local”. Y los que han sobrevivido, lucen distinto con acceso limitado. La gracia de la Bodega d’en Rafel era que todo el mundo era bienvenido, pedíamos nuestras cañas y nuestras tapas apretujados y al irnos, Rafel, con un arbitrario y rápido cálculo mental, decía una suma que siempre era muy menor a la que debería ser. Tampoco es el mismo el Mercado Dominical. Ahora la circulación es siempre en el mismo sentido y atrás queda la espontaneidad de ir de un puesto a otro y dejarse llevar por el azar y por la sensación de que es el libro el que te ha encontrado a ti y no al revés. Ni el barrio ni nada volverá a ser lo mismo y pinta que nuestro futuro será de saludos con el codo y rostros enmascarados. Me queda el consuelo de haber disfrutado los días de libertad haciendo lo que tanto añoré durante el encierro: ir con mi hijo a la librería Calders y cenar después en el Bar Calders, tomarme una caña en el Benidorm y volver a trabajar en Cloudworks Sant Antoni, un oasis dentro del barrio y el mejor espacio para crear.