10 ago 2020

Ir a contenido

Una fiesta atípica

Sant Jordi en la Casa del llibre de Barcelona.

ELISENDA PONS

Sant Jordi en julio, y cuando haga falta

Jenn Díaz

Con mascarilla, con gel, con calor, con paradas en la calle o dentro de las librerías. Me da lo mismo, porque cualquier excusa es buena para comprar libros

Como cada Sant Jordi, me he levantado un poco escéptica. Total, compro libros todo el año, qué importa, si tengo cientos por leer, y qué más dará hoy que mañana, y además este año ya van dos, y los dos de aquella manera. Cuando los Sant Jordi no son tan raros como los de este año, de todas formas, también empiezo el día sin tomármelo demasiado en serio. Pero siempre acabo recibiendo el mensaje de la mejor editora que he tenido, que me desea un buen día, y se me contagia su entusiasmo. Así que después de recibir, 23 de julio, un mensaje de Izaskun Arretxe, he decidido regalarle un libro a mis vecinos, a través de la verja que separa nuestros patios. Y he elegido un vestido de flores y nos hemos lanzado a la calle.

Durante el confinamiento y el 23 de abril, el Sant Jordi —espero— más extraño que viviremos jamás, compramos algunos libros. Como no los habíamos recogido todavía, porque hicimos pedidos en distintos sitios y solo habíamos pasado a buscarlos por La Carbonera, decidimos que hoy sería el día ideal para hacerlo. Cuando llegamos a La Tribu y compramos 'Les cuques', de Julià Guillamon, le recuerdo a Marc que tenemos unos libros pendientes pero que no recordamos los títulos. 'Zona de obras', de Leila Guerriero, y 'Les lleialtats', de Delphine de Vigan, para mí, y 'Bocaccio. On tot passava', de Toni Vall, para mi compañero. Habíamos olvidado de cuáles eran los títulos que pedimos en La Tribu. Sumados a 'Les cuques', en un momento ya cargamos cuatro libros. En el sobre, una nota de Marc y Dàlia para agradecer el apoyo de aquellos que compraron durante las semanas más duras del confinamiento. El Sant Jordi más extraño, el año más raro.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

La Nollegiu de El Clot, que aún no conocía, es la siguiente parada. Quiero comprar la autobiografía de Woody Allen. Hace algunas semanas se volvió a abrir el debate: ¿importa quién y qué hace el autor de la obra? ¿Hay que censurar los libros de ciertos autores? ¿El arte está por encima de todo? ¿Nos lanzamos al boicot para demostrar que estamos disconformes con el artista? ¿Se debe contextualizar toda obra de arte? Pues bien, tuve mis vacilaciones, porque es cierto que a Woody Allen siempre le persigue una sombra de duda. Leo a compañeras, ¡camaradas!, defendiéndose de quienes las atacan porque han reconocido que algunas de ellas se niegan a leer a Allen o a ver sus películas, por militancia o por un rechazo casi físico. A mí me incomoda, porque no puedo evitar disfrutar con las películas y los cuentos de Woody Allen, y porque reconozco cierta curiosidad por su autobiografía. Y sin embargo, las entiendo, y las defenderé de todo aquel que cuestione su decisión. La cultura no es ni inocente ni neutral, ni ocurre pese a sus autores. Y la ficción es el espejo de nuestras sociedades. Todo aquello que legitimamos en la ficción, o en los artistas por el hecho de ser artistas, tiene un impacto en nosotros. En la nueva Nollegiu recojo, también del confinamiento, mi ejemplar de 'La ciutat i la casa', mi libro preferido de entre los libros preferidos, porque mi ejemplar de Natalia Ginzburg, de Club Editor, lo tiene la bibliotecaria de Lledoners, que lleva el club de lectura y les presté el mío.

Este es el primer Sant Jordi —si no contamos el del 23 de abril— que no firmo, no tengo novela recién publicada y puedo comprar libros sin pensar en horarios y citas. Soy una lectora más. Entiendo que los haya escépticos, que algunos se desanimen ante el desconcierto, que la improvisación los haya agotado. Entiendo que por responsabilidad algunos hayan decidido no convocar a autores para que firmen. Lo entiendo todo, y sin embargo, yo, después de recibir mi mensaje de cada Sant Jordi, acabo sucumbiendo al entusiasmo. Con mascarilla, con gel, con calor, con paradas en la calle o dentro de las librerías. Con expectativas o sin ellas. Me da lo mismo, porque cualquier excusa es buena para comprar libros. Esta tarde iré a Al·lots, mi nueva librería de barrio, porque este también será el primer Sant Jordi desde esta ciudad y esta casa. Sant Jordi en julio, y cuando haga falta.