15 ago 2020

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OPINIÓN

Una niña se refresca en el parc de la Creueta, en Barcelona.

MANU MITRU

Chanquete ha muerto antes de tiempo

Olga Pereda

Iba a ser el mejor verano de nuestra vida. Pero está siendo el más raro, el menos azul. Cuando eres crío, el verano huele a pandilla. Y a bici. A risas, a helado, a sandía, a pipas, a horchata. A cine de verano. A rogarle a tu madre o a tu padre que te deje jugar más tiempo en el patio de la urbanización porque todos tus amigos -los de cada año y los nuevos- siguen ahí.

Por cortesía de la pandemia, este año no se puede hacer nada. Por no poder, no se puede ni correr en la piscina. Los chavales entran en el agua bajo la atenta mirada del socorrista, que afea a los peques hasta cuando salpican. ¿Alguien que tenga menos de 14 años puede bañarse sin salpicar? Los críos se miran entre ellos. Su naturaleza les llama a juntarse. A hablar. A competir. A hacerse amigos. O enemigos. Pero este año todo está prohibido. El coronavirus les ha vetado uno de los grandes placeres de la infancia, hacer nuevos amigos. Amistades de verano que, con suerte, durarán toda la vida. Amistades de verano que permiten a los padres y las madres descansar.

Este año el verano huele a mascarilla. A gel hidroalcohólico. A distancia social. A gritos del socorrista pidiendo, por favor, que no corras en la piscina. Que no te juntes con ese otro niño. Que no te tires de cabeza. Que no compartas el balón. Que no hagas nada.

Cuando el coronavirus asomó la patita en España, muchas familias pensamos que nos atizaría unos meses y luego nos dejaría vivir. El verano de 2020 iba a ser el mejor de nuestra vida. Como recompensa al estricto confinamiento y el cierre escolar, muchos padres y madres fantaseamos con la idea de que, una vez que llegara junio y julio y la enfermedad covid-19 fuera un mal sueño, nos tomaríamos un tiempo de descanso laboral y ofreceríamos a nuestros hijos el mejor verano de su vida: un verano de playa. Un verano de juegos, cómics, helados, horcahata, bicis y cine de verano. Un verano de pandilla. Pero no. Este verano es un verano de mierda. Como lo fue la primavera. Y, como quizá, será el otoño. Y el invierno.

Lo superaremos, claro. Apretaremos las muelas, trataremos de darnos un solitario baño en la playa y, a falta de pandilla, los padres y las madres jugaremos -todavía más- con nuestros hijos e hijas.

Septiembre, el miedo en los huesos

Llegará septiembre, que parece lejano pero está a la vuelta de la esquina. Abrirán los coles. Y, con un nudo en la garganta, veremos a nuestros hijos hacer lo que jamás ninguna generación ha hecho: entrar ordenados a clase, donde serán recibidos por profesores y profesoras con mascarilla. Será una burbuja de convivencia, como los llama el ministerio de Educación. No podrán intercambiarse bolis, ni cuadernos, ni nada. No podrán jugar con demasiados compañeros. El patio será todo menos una fiesta de risas y gritos. Cuando un peque se encuentre mal, habrá código rojo. Si tiene uno de los 12 síntomas decretados como típicos de covid-19 (incluida la tos y la fiebre) se le llevará a la 'habitación del aislamiento'. Y sus padres recibirán la temida llamada de teléfono.  ¿Qué pasará con el resto de compañeros de burbuja? ¿Cuarentena obligatoria? ¿Y si es finalmente una gastroenteritis? ¿Y si no lo es? ¿Y si es coronavirus?

Padres y madres hemos sobrevivido al confinamiento. Al teletrabajo con los críos en la chepa. A la distancia social. Al verano menos azul de nuestra vida. Chanquete ha muerto antes de tiempo. Ahora solo nos hace falta resistir a convivir con el miedo incrustado en los huesos cuando dejemos, cada día, a nuestros hijos en el cole. Si es que los dejamos. 

 

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