10 ago 2020

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Los rebrotes del covid-19

Tareas de desinfección de las zonas comunes del Aeropuerto Tenerife Norte-Ciudad de La Laguna por el coronavirus.

EFE / CRISTÓBAL GARCÍA

La 'bofetada ejemplar'

Rafael Jorba

Como muestra nuestro confinamiento de quita y pon, la bofetada colectiva que hemos recibido con la pandemia no está resultando nada ejemplar

Llevo más de cuatro décadas escribiendo crónicas y análisis políticos. Por primera vez me cuesta hacerlo. Entre tanto, me refugio en la lectura. He releído a Albert Camus, el autor de 'La peste', tan citada en esos tiempos de pandemia. En concreto, uno de sus ensayos de referencia: 'Reflexiones sobre la guillotina'. Analiza, en tono autobiográfico, el valor nada ejemplar de la pena capital.

El relato, trasmitido por su madre, se sitúa poco antes de la guerra de 1914 en Argel. Nos habla de la ejecución en la plaza pública de una persona que había masacrado a una familia de granjeros. El padre de Camus, indignado por la muerte de varios niños, quiso asistir a la ejecución. Era la primera vez que lo hacía. Se levantó de madrugada para desplazarse al otro extremo de la ciudad.

“Lo que vio aquella mañana no se lo dijo a nadie. Mi madre explica tan solo que volvió corriendo a casa, el rostro transfigurado, sin decir palabra, se acostó un momento y se puso de golpe a vomitar”, escribe Camus. Su padre acababa de descubrir la realidad: “En vez de pensar en los niños masacrados, sólo podía pensar en aquel cuerpo jadeante sobre el que se había precipitado una plancha para cortarle el cuello”.

24 años antes de la abolición

Su conclusión: “Cuando la justicia suprema provoca solo el vómito al hombre honesto que está llamado a proteger, es difícil sostener que está destinada, como debería ser su función, a aportar más paz y orden a la ciudad”. Camus, desde esta óptica, rechaza la supuesta ejemplaridad de la pena capital en un texto escrito en 1957, es decir, 24 años antes de que se aboliese en Francia.

Camus argumenta que no cree, al contrario de otros ilustres pensadores, que el hombre sea, por naturaleza, un animal de sociedad: “A decir verdad, pienso lo contrario. Pero creo, lo que es muy diferente, que no puede vivir ahora fuera de una sociedad cuyas leyes son necesarias para su supervivencia física”.

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También en España, donde la pena de muerte fue abolida por la Constitución de 1978, el imaginario colectivo evocaba la supuesta ejemplaridad de la condena. Este es el caso de la tradición catalana de la ‘bofetada ejemplar’. La reporta el escritor Antoni Carner i Borràs (1904-1978) en su libro 'Història de la prostitució, la bruixeria i els mals costums a Igualada'.

Carner, que fue cronista oficial de la capital del Anoia, cierra su capítulo sobre las malas costumbres explicando esta práctica: “Nuestros padres aún hablaban de ella. Era una bofetada que los padres daban a los niños en el momento de presenciar la ejecución de un condenado a muerte”. Su objetivo era que retuvieren en la memoria aquel instante como vacuna para su conducta futura.

Relata una de las últimas ejecuciones en la plaza pública el 12 de agosto de 1878: “Unos a pie y otros en carros y tartanas, eran incontables los forasteros que habían venido para presenciar el espectáculo”. Mi tía Teresa, que murió a los 97 años, me aportó más detalles sobre la tradición de la ‘bofetada ejemplar’.

El turno de la última palabra

En concreto, su abuela materna asistió a una de aquellas ejecuciones. No solo recibió la bofetada de rigor, sino que escuchó el turno de la última palabra que solicitó el reo. Explicó que de pequeño había robado una madeja de hilo a su madre: “Si me hubiera reprendido entonces, hoy no estaría aquí en el patíbulo”.

Eran, afortunadamente, otros tiempos. Y también unas “malas costumbres”, como califica la ‘bofetada ejemplar’ Antoni Carner en su libro. “Tal vez los niños que recibían la bofetada se acordaban más de la injusticia del 'mastegot' (sopapo) que de la ejemplaridad que le querían dar sus padres”, ironiza.

Sin embargo, más allá del movimiento pendular de la historia, la metáfora de la ‘bofetada ejemplar’ nos ilustra sobre el valor relativo de la experiencia: es una virtud que difícilmente se puede transmitir y que cuando se adquiere sirve ya de bien poco. Valía entonces para negar la ejemplaridad de la pena capital y sigue valiendo ahora para afrontar los golpes cotidianos, grandes o pequeños, que nos depara la vida.

Sí, como decía al inicio, me cuesta reflexionar sobre una actualidad política que produce desasosiego. Sin embargo, mi esperanza en la condición humana es descriptible. El hombre no es bueno por naturaleza (Rousseau) ni un lobo para el otro hombre (Hobbes). Me quedo con la relatividad de Montaigne: “Es un sujeto maravillosamente vano, diverso y ondulante”.

No hay ‘bofetada ejemplar’ que valga, ni en el sentido físico ni en el metafórico. Como muestra nuestro confinamiento de quita y pon, la bofetada colectiva que hemos recibido con la pandemia del coronavirus tampoco está resultando nada ejemplar.

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