10 ago 2020

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IDEAS

La ’consellera’ de Salut, Alba Vergés, en rueda de prensa.

ACN

Cicatrices en la lengua

Josep Maria Pou

Me estomaga esa actitud de maestros de escuela a la antigua que adoptan en sus intervenciones 'consellers' y 'conselleres'

Llega un momento en que uno tiene cicatrices en la lengua de tanto mordérsela. El mucho callar, agota. La mucha prudencia, debilita. Y se hace imprescindible, por la propia dignidad, recuperar el aliento y hablar claro. 

Miren ustedes, señores del Govern: lo están haciendo mal, muy mal, rematadamente mal. Su nivel de incompetencia en la gestión de la pandemia sería alarmante si no fuera ya, más que dramático, patético. Llevo meses oyéndoles reclamar total capacidad de decisión ante la crisis, asegurando, además, de manera presuntuosa y engreída, que ustedes sabrían hacerlo mejor que nadie; mejor, en cualquier caso, de lo que venían haciéndolo las autoridades españolas. 

(Confieso que me estomaga esa actitud de maestros de escuela a la antigua que adoptan en sus intervenciones 'consellers' y 'conselleres' responsables del asunto; no puedo dejar de verlos con la regla en alto ante mi mano extendida dispuestos a propinarme cien palmetazos de castigo, u obligándome a escribir quinientas veces, línea a línea, "Sagrado Corazón del Govern, en vos confío"). 

Pues bien, ya tienen ustedes el ordeno y mando. Ya depende solo de ustedes. ¿Y qué sucede? Que el virus se les está colando por todos los agujeros de su inoperancia. Montados en la vieja y chirriante carretilla de la autosuficiencia (no es Catalunya Ràdio lo único que chirría, querida Mònica), han llegado tarde y mal no solo a Lleida y L’Hospitalet, sino hasta a la mismísima Barcelona centro, es decir, a las puertas de su casa.

Y vuelven a sermonearnos. Y anuncian más medidas restrictivas. Y ordenan cerrar de nuevo cines y teatros, con la ligereza de quien ordena encerrar al gato que se ha meado en el sofá. Díganme, señores del Govern, un solo caso de rebrote que se haya detectado en alguno de los pocos cines y teatros que se han atrevido a “asomarse al exterior” tras meses de encierro disciplinario. Uno solo. 

Me asombra, me avergüenza, me hiere y me ofende la frivolidad, la i-rres-pon-sa-bi-li-dad, con la que estigmatizan una y otra vez esos sacrosantos lugares de cultura.

(Y permítanme, en este caso, la hipérbole: es la mejor manera que encuentro de ponerme a la altura de su ofensa).