21 oct 2020

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Un grande de la literatura

Juan Marsé, en una imagen del 2017.

Generosidad sin ínfulas

Care Santos

Juan Marsé era un hombre sin pose, sin ínfulas, que adoraba lo que hacía, que no tenía ningún reparo en ser sincero y que derrochaba una generosidad inaudita

Estuve varias veces en casa de Juan Marsé. La primera vez fue para entrevistarle. Recuerdo que estaba nerviosa y que su aspecto no ayudaba. Era un hombre serio, que no parecía tener ganas de contestar a mis preguntas —no me extraña: mis preguntas eran patéticas— pero que debía de haber accedido porque la entrevista iba a publicarse a toda página en un semanario prestigioso. Acababa de cumplir 60 años y yo intenté que la conversación discurriera por atajos metafísicos, pero él los evitó todo el tiempo. Le pregunté por la inspiración y me habló de trabajo, de horarios, de constancia y paciencia. Me dijo varias veces que no quería ser ni parecer pedante. Habló de cine y de amigos. Y, como había muchas páginas que llenar y yo era entonces más torpe que ahora, acabé preguntándole si cantaba en la ducha y si era buen cocinero. Juan Marsé, uno de los mejores escritores de su tiempo, me confesó que no sabía cantar y que le salía muy rica la escalibada. Cuando salí de su casa me temblaban las piernas.

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Hubo otra vez muy distinta. Yo era muy joven —poco más de 20— y soñaba con ser escritora. Acababa de terminar un libro de cuentos. Le pedí, con gran desfachatez, que lo leyera. Para mi asombro, accedió. De modo que la escena es esta: Juan Marsé ante su escritorio. Yo al otro lado, escuchando los comentarios que ha escrito al margen de todos y cada uno de mis cuentos, y que lee sin prisas. Pasado el tiempo me he preguntado muchas veces si realmente aquello sucedió, y cada vez entiendo menos cómo Juan Marsé, uno de los mejores escritores de su tiempo, dedicó ni cinco minutos a valorar los garabatos de la jovencita pesada que yo era. Y cuanto más lo pienso más llego a la conclusión de que ese gesto le define muy bien: un hombre sin pose, sin ínfulas, que adoraba lo que hacía, que no tenía ningún reparo en ser sincero y que derrochaba una generosidad inaudita.

Mis cuentos, por cierto, le parecieron horrorosos —lo eran— y al decírmelo me dio una lección que no he olvidado: hay que escuchar a los grandes.

           

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