31 oct 2020

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Análisis

Jóvenes protegidos con mascarillas, paseando por el centro de Lleida.

JORDI V POU

Los dramas de la inacción: esta vez todos los vemos

Miquel Porta

La demagogia, la deslealtad y el desprecio hacia las propias instituciones de gobierno son otro virus que paraliza al populismo

Cuando hace meses que se sabe lo que hay que hacer y no se hace, la pregunta es por qué. Antes de empezar la desescalada ya estaba claro que debía fortalecerse la infraestructura de salud pública para detectar, hacer pruebas validadas, aislar a cada caso y rastrear a cada contacto con celeridad.

Pero en vez de invertir en las instituciones de salud pública que saben hacer ese trabajo a pie de obra, los populismos imperantes han sido obsequiosos con tecnoególatras y mercaderes desleales con las propias instituciones de autogobierno, como la marginada Agencia de Salud Pública. Desmoraliza. Hoy ni 'call centres' ni 'apps' ni 'big shitty data' (merdosas cifras grandilocuentes) enmascaran las penosas consecuencias de los escasos y tardíos recursos dedicados al trabajo de campo: a la epidemiología que se patea el terreno y actúa en él (y obtiene datos válidos y relevantes), y a quienes hacen lo mismo desde el trabajo social, la prevención laboral o la policía: informando, advirtiendo, multando, además de detectar precozmente casos y contactos. Las conductas cívicas, mayoritarias, no compensan la obsolescencia de cierta política.

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No es que los demagogos no hagan nada: frenéticamente anuncian comités y estudios sin impacto alguno en la realidad, se fotografían con 'estrellas' que desdeñan a las instituciones, hinchan carpas o crean hospitales de pandemias (un ineficiente sinsentido pueblerino), piden ayudas heroicas... pero los sanitarios llamados están exhaustos y hartos de épica barata.

Reconocieron al fin que estaban exangües las arterias de la salud pública y anunciaron cosas (contratos de rastreadores que llegaron tarde, cancelación de contratos que no cancelaron). Y cuando amainó la galerna no hicieron los cambios que eran arduos durante aquella. Tampoco Illa de momento.

Inacción. ¿Por qué? No por bisoñez, no porque dedican ingentes energías a la gesticulación, no por maltratar a los adversarios electorales; tampoco por las peleas de corral, usadas por rapaces que desprecian los vitales espacios técnicos e institucionales. Inacción, sobre todo –precisamente– por la debilidad de esas infraestructuras de salud pública (aquí se desmanteló la Agencia de Salud Pública, allá se congeló la Ley del 2011, durante años muy pocos las nutrieron). Es una trampa hablar de personas más o menos mediocres, voluntariosas o endiosadas (¿Guix, Simón?). La caquexia de las infraestructuras de salud pública la estamos pagando especialmente cara en Cataluña, en la Comunidad de Madrid y en el conjunto del disfuncional Estado federal.

Normalmente los costes de la prevención son tangibles e inmediatos, mientras que sus beneficios –y los costes de no actuar– son más nebulosos y a largo plazo. Ello explica en parte que incluso a gobiernos serios les cueste invertir en prevención. Pero esta vez los dramas de la inacción están ya a la vista de todos: enfermedad y muerte, injusticia, ruina, paro, desánimo, ansiedad, desprestigio del país.

Fortaleciendo la salud pública –y no solo la sanidad asistencial– podemos disminuir ya los costes de la inacción populista. O esperar al otoño.