14 ago 2020

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SECTOR DISCRIMINADO

Los espectadores, protegidos con mascarillas y distanciados, esperan el comienzo de la película ’La lista de los deseos’, dentro del BCN Film Fest, el 26 de junio.

EFE / ALEJANDRO GARCÍA

Cultura distópica

Jenn Díaz

Museos, cines, teatros y librerías nos salvaron cientos de horas de confinamiento, pero ahora no podrán salvarse solos

Durante los días de confinamiento, y cuando ya empezábamos a preguntarnos cómo desconfinaríamos la cultura, una de las demandas más unánimes del sector era no volver a hablar de los aforos. Los espacios culturales no necesitan, ni ahora ni antes de la pandemia, estigmas y prejuicios. Del mismo modo que no se ha demonizado el transporte público y hemos tratado de convertirlo en espacio segurolos espacios culturales siempre han sufrido porque se les señalaba. La cultura en vivo, en lugares abiertos o cerrados, se presentaba como una aglomeración sin matices, y la población la leía como foco de contagio. Por ello también era necesaria una buena campaña de comunicación que acompañara al desconfinamiento de la cultura, porque si apenas se llenan los aforos y las empresas culturales sobreviven en medio de la precariedad asumida, en medio de la incertidumbre del confinamiento más estricto todavía cuesta más.

Hablamos de turismo, de fronteras, de aviones. Hablamos de terrazas y de discotecas. Los bares, la playa. Pero cuando se trata de museos, cines, teatros o librerías, enseguida sacamos la calculadora y miramos cuántas personas podemos estar y cuál es el riesgo que correremos. Esto ocurre porque equivocadamente todavía hay quien no considera esencial la cultura, y que por tanto no priorizará pensar cómo desconfinar los espectáculos y cómo mejorar su seguridad. Estos días, por si no tuviéramos bastante, y de ahí el título, vemos cómo todavía es más perversa la situación: algunas compañías del Segrià han de sufrir discriminación por vivir en una zona que ha tenido que reducir la actividad. A la precariedad sistémica del sector cultural, a la precariedad extrema del confinamiento, a la incertidumbre del desconfinamiento, al desequilibrio de la reanudación y a la fragilidad de la cultura... ahora además le tenemos que añadir este tipo de distopía, donde los trabajadores y las trabajadoras de la cultura no podrán trabajar como medida de seguridad. Si de esta crisis debíamos salir mejores, me parece que no estamos entendiendo casi nada. La cultura nos salvó cientos de horas de confinamiento, pero ahora no podrá salvarse sola.