27 oct 2020

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A pie de calle

Atención a un paciente en una residencia de Barcelona.

FERRAN NADEU

Aprender de la pandemia

Jordi Amblàs

Las residencias han pasado de la indigna inopia a ser involuntarias protagonistas de la crisis del covid-19

Todos somos un atleta de élite en potencia, hasta que lo intentamos demostrar. La pandemia del covid-19 ha actuado como una prueba de esfuerzo, un test de provocación en toda regla de nuestro sistema de salud. Las costuras habitualmente se rompen por el sitio más frágil y, ciertamente, hemos descubierto que teníamos debilidades. Nuestro excelente, pero sistemáticamente maltratado sistema sanitario y social, se ha roto por dos de sus flancos más vulnerables: la salud pública y la atención residencial.  Llegado este momento, la gran amenaza no solo viene de los más que probables rebrotes: el auténtico peligro es que no seamos capaces de realizar aprendizajes para reformular las respuestas.

Como sociedad, vivíamos confiados pensando que teníamos la salud garantizada por contrato, y hemos constatado atónitos como una pandemia -quién lo iba a imaginar, en pleno siglo XXI- hacía añicos la burbuja de nuestra ilusoria seguridad. ¿Alguien recuerda cuál fue la primera pulsión que sentimos cuando fuimos conscientes de la gran amenaza? Aún visualizo las estanterías de los supermercados vacías de papel higiénico. Las respuestas emocionales -a veces disfrazadas de racionalidad- han tenido un peso importante en toda esta crisis. Acción-reacción en estado puro.

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Seamos sinceros: no estábamos lo suficientemente preparado para hacer frente a un problema de tal magnitud. Pero obstinados en encontrar un qué y un porqué para cada circunstancia, un culpable para cada situación, un protocolo para cada circunstancia, hemos sido víctimas de un sistema extraordinariamente rígido y lineal, cuando la realidad era asombrosamente compleja y dinámica. Los vaticinios infalibles y las soluciones inapelables han resonado estos días, de tan huecas que estaban. Una crisis como la vivida no es amiga de grandes titulares, ni de exclusivas periodísticas, ni de silogismos simplistas; requiere de leer entre líneas, de apreciar los matices, de buscar causas y no solo responsables; necesita de iniciativas propositivas y flexibles, más que de seguridades temerarias. Las situaciones complejas no tienen soluciones únicas: aprendemos mientras avanzamos, y avanzamos mientras aprendemos.

Por otro lado, las personas mayores vulnerables y las residencias geriátricas han pasado de la inopia más indigna -era una realidad que teníamos debajo la alfombra como sociedad-, a ser los protagonistas involuntarios de una crisis que les ha impactado de forma devastadora: un 90% de las muertes se ha producido en personas de más de 65 años,  y al menos la mitad de ellos vivían en residencias. A lo largo de estas jornadas se les ha mirado desde una falsa compasión y se ha hablado de ellos en tercera persona. Las personas mayores son sujetos de derecho, y solo ellas son dueñas de sus valores y preferencias, para decidir dónde y cómo quieren vivir y, llegada la hora, morir. Así pues, aprovechemos la oportunidad para escucharlos, para consensuar planes de cuidados anticipados y para replantear todo el sistema de atención de larga duración en nuestro país: ¿Cómo y donde queremos envejecer? ¿Tienen que ser las residencias las únicas alternativas? ¿Qué estamos dispuestos a invertir, como sociedad, para hacerlo posible?

Finalmente, una reflexión sobre la muerte, la ética y los valores: durante muchos decenios, la muerte ha sido una vivencia íntima, casi circunscrita al entorno familiar, ocultada a ojos de una sociedad atrapada en una eterna adolescencia. La crisis del covid, con el recuento diario de defunciones, nos ha hecho evidente la incómoda verdad de una muerte segura para todos, algún día. Una lección de humildad en toda regla, que debería ayudarnos a apreciar el regalo de la vida, a decidir hasta qué punto estamos dispuestos a luchar por ella -¿vale la pena hacerlo a cualquier precio?-, y a reclamar con vehemencia una buena atención paliativa al final de nuestros días, que es la prueba del algodón de todo sistema de salud de calidad. Y al derecho a no morir en soledad: cegados como estábamos discutiendo sobre la falta de respiradores, nos arrolló el tren de la indignidad ética más absoluta e irreparable: privarnos de un último adiós a los seres queridos que nos dejaron.

Muchas reflexiones quedan aún en el tintero. Muchas preguntas sin respuesta. Mucho sufrimiento y muchos miedos. Pero como siempre ha sucedido, la vida sigue su curso. Y dentro de unos años, cuando alguien nos pregunte qué fue lo peor de la pandemia, nada sería más imperdonable que tener que responder: “que no sirvió de nada: ni aprendimos ninguna lección, ni actuamos en consecuencia”.