13 ago 2020

Ir a contenido

Seísmo en la Monarquía

El rey emérito Juan Carlos I

MARISCAL / EFE

El rey recibe cien kilos

Matías Vallés

El rey emérito debería solicitar una indemnización al Estado, por el estrés que le generaron los cien kilos que desde luego no necesitaba

Siempre desatinada, la prensa rumia la gestión de comisiones millonarias en el palacio de La Zarzuela en plena crisis económica, sin que un solo papel atestigüe la entrega de cien millones de dólares al entonces jefe de Estado español, a quien se le traspapeló la declaración de esa minucia al fisco. El énfasis en lo accidental impide centrarse en el drama nuclear de un ser humano que recibe al contado cien kilos, el peso aproximado según la denominación de los billetes del regalo de la monarquía constitucional saudí a Juan Carlos I.

Sin la pasión por sobreactuar, se advertiría el drama de un rey de movilidad mermada, obligado a cargar con una cruz de cien kilos. Con el lío que eso supone, por recurrir al término fetiche de Rajoy. Para cumplimentar su calvario, el monarca tuvo que confiar en intermediarios de tan dudosa integridad que se llaman Arturo Fasana y Dante Canonica, donde hasta los nombres parecen extraídos de una novela de Arturo Pérez-Reverte. El entonces jefe del Estado transmitió a estos amigos ocasionales el engorro de acarrear un quintal en comisiones, un regalo al que no podía renunciar para no desairar a los saudís. De hecho, la renuncia de Juan Carlos I fue la aceptación del dinero, con el consiguiente sacrificio.

El rey emérito debería solicitar una indemnización al Estado, por el estrés que le generaron los cien kilos que desde luego no necesitaba. Dado el tonelaje de la prestación monetaria, hubiera sido más adecuado habilitar un pago en cómodas cuotas, pero los saudís son partidarios del desenfreno, cuando pagan y cuando descuartizan. Por fortuna, Corinna ejerció de humilde Verónica. No solo secó el rostro congestionado por cargar con los cien kilos antecitados, también asumió el trasiego de una porción significativa de esa cruz económica. Criticar es muy fácil, desde la certeza de estar alejado de las tribulaciones de llevar ese peso sobre las espaldas. O de tener que guardarlo en alguna de las dependencias de palacio, sin que tiemble el vigamen de la institución.