11 ago 2020

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Bernardo Espinosa se lamenta tras una ocasión fallada en el partido que certificó el descenso del Espanyol.

AP / JOAN MONFORT

Una mala noticia para el deporte catalán

El Espanyol se enfrenta al reto de aprender de los errores y renovarse para regresar a Primera División el próximo año

Este jueves, tras la derrota que certificó el descenso matemático del Espanyol a la Segunda División, fue un día triste para todos los seguidores del histórico equipo barcelonés. Aunque se vivió con una resignación muy distinta del trauma que supusieron los últimos descensos, en los años 1989 y 1993. Después de una temporada en que el equipo solo ha salido de los puestos de descenso en una jornada, en la que se han sucedido cuatro entrenadores, dos directores generales y dos directores deportivos, la perpectiva del descenso estaba ya más que interiorizada y asumida. Incluso tras la euforia por la clasificación para la Europa League el pasado verano ya asomaba una sombra de duda: cada vez que el Espanyol (como otros equipos de su nivel) se ha clasificado  para Europa sin acertar en los refuerzos, el año siguiente se ha convertido en un tormento.

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Pero que el desastre estuviese asumido no lo hace menos grave: el Espanyol tiene un año, en que se beneficiará del apoyo económico de la Liga para facilitar la transición que supone el cambio de categoría, para volver a primera. No será fácil pero es obligado: competirá con varios equipos históricos que, tras no conseguir un ascenso inmediato, han experimentado una progresiva decadencia. Un descenso es una experiencia dura pero también puede ser una oportunidad para sanear y rejuvenecer. No lograr el ascenso abriría un futuro sombrío. Sería una mala noticia también para todo el deporte catalán, que gana en pluralidad, y en capacidad de promoción para sus jóvenes promesas, con más de un club en primera.

El presidente del Espanyol, el empresario chino Chen Yansheng, pidió ayer perdón por la sucesión  de errores cometidos, reafirmó su compromiso e intentó mostrar su apoyo y empatía con la afición. Sin su inversión, quizá el Espanyol ya habría bajado hace cuatro años, no a la Liga Smartbank sino a Segunda B por causas económicas. Pero durante este periodo una gestión alejada de la realidad local ha ido acrecentando la distancia entre los dirigentes y la afición, y en el interior de esta, en un momento en que era necesario no solo cuadrar balances sino redefinir el sentimiento de identificación con el club. Ese, además del deportivo, es otro reto, aún más difícil de gestionar desde la distancia.