Estrategias ante el coronavirus

Cultura de ejemplaridad

Teatros y actividades culturales han hecho gestos de compromiso con los espectadores durante y después el covid que merecen un reconocimiento

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Exterior del Teatre Nacional de Catalunya, en Barcelona.

Exterior del Teatre Nacional de Catalunya, en Barcelona. / Ricard Fadrique

Esa banda sonora que nos acompañó en lo más duro del confinamiento, de mirlos y gorriones durante el día, ladridos de perros, aplausos y canciones de aprendices de trombón y músicos de balcón de atardecer,  pasó hace semanas a la naturalidad urbana de los motores y pico y pala de las obras retomadas. Ha sido, con todo, la vuelta de la programación cultural en vivo lo que ha supuesto el significativo cambio de fase de estos tiempos excepcionales. La música al aire libre que tocan estos días en los jardines del TNC inunda las nuevas noches, el barrio palpita junto al latido del festival Cruïlla con un recuerdo a los años en que otra zona, en  Diagonal Mar, congregaba a miles de personas en conciertos simultáneos. Las cuatro estaciones de Vivaldi, en la adaptación de Max Richter que trae el Liceu  d'Estiu, son todo un símbolo para reactivar nuestras vidas ciclo tras ciclo.  La música volvió con un servicio impagable que además cuidó como pocos a los clientes: teatros y salas de conciertos se afanaron en devolver el dinero de las entradas frustradas por las anulaciones del covid, o como mínimo en cambiar la experiencia por abonos de futuro. ¿Quién da más? Que te llamen de l’Auditori para preguntar cómo prefieres el abono de la entrada no consumida deja el listón muy alto en tiempos de sálvese quien pueda.

El plan de abonos culturales que ha lanzado el Ayuntamiento de Barcelona es, en este sentido, un guiño  más que merecido al valor de la cultura en tiempos de crisis y al de sus empresarios y trabajadores. Mientras, la otra cara de la moneda la dan aquellas aerolíneas que aún no han respondido a las reclamaciones por los vuelos cancelados, agencias de viajes que has de perseguir por tierra, mar y aire para que se  hagan cargo de los perjuicios de sus clientes y, ya en adelante, todos aquellos hoteles y plataformas de venta de viajes que no ofrecen ninguna garantía ante posibles nuevos confinamientos que frustren vacaciones. 

Si tras la crisis de 2008 lo que no había era dinero o estabilidad laboral para lanzarse a planear unas necesarias vacaciones, lo que ahora vivimos es una incertidumbre a mil bandas al haberse avanzado la expectativa de rebrotes del virus. La cultura dio un ejemplo, ¿será capaz de darlo el ámbito turístico?.

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Un huracán fuera de temporada en el Pacífico daba hace solo unos años pie a un cambio de destino pese a tener un viaje ya pagado. El impacto del coronavirus queda en suspenso, a ver qué dicen las autoridades, a ver qué hacemos. Los derechos de los viajeros han sido demasiadas veces burlados, siempre a costa de la ilusión, de las ganas de cambiar de aires, que nos han hecho comprar vuelos baratos con una parte del precio invertida en la probabilidad del desastre. 

Pero hasta la tolerancia a la frustración tiene un umbral, por alto que sea en en el mundo de las vacaciones, donde no te puedes permitir desde una perspectiva moral que vayan mal. El sector turístico y su entorno hará bien en tenerlo en cuenta, y un buen punto para comenzar sería dar más garantías.