13 ago 2020

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Al contrataque

Residencia Sant Josep, de Lleida, donde se produjo un rebrote de coronavirus a principios de julio.

Efe / Ramon Gabriel

Lleida como síntoma

Antonio Franco

Mientras los telediarios internacionales hablan del peligro de viajar a Catalunya y España, ahora se reconocen con boca pequeña las disfunciones entre Salut, Treball y Afers Socials

Ni siquiera quienes consideran a Puigdemont presidente real de Catalunya piensan que ahora tenga como principal preocupación resolver lo de Lleida. Quim Torra, su suplente, tal vez sí, pero considera que lo más importante es explicar que la culpa es de los demás. Por debajo suyo sí que muchos trabajan mucho pero sin dirección política. ¿Volver a confinar? Sí, no, ya veremos. Es como lo del viaje a Itaca.

Como antecedente de la crisis del coronavirus hace años ya vivimos el desmantelamiento de la sanidad pública, aplicado aquí con más entusiasmo que en ninguna otra autonomía. También viene de lejos el descontrol sistémico sobre los geriátricos. Este año, pese a ser una competencia exclusiva, hubo una imprevisión anterior y superior a la del Gobierno español al aprovisionarse de material y reorganizar los servicios cuando venía la epidemia y Sánchez aún no proponía el estado de alarma. La desgobernanza que elegimos democráticamente en las urnas los electores catalanes respecto a los problemas terrenales tiene consecuencias. Como diría un publicitario moderno, "somos lo que votamos, no nos quejemos".

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En Lleida se sabía que coincidiendo con la fragilidad sanitaria vendrían los imprescindibles temporeros de la fruta. Pero ni las autoridades ni las empresas del sector tomaron por una vez medidas preventivas especiales para alojarlos y darles garantías sociales y sanitarias. Tampoco adoptaron medidas compensatorias para que ningún trabajador tuviese la tentación de disimular un contagio para no perderse los ingresos. Esta inoperatividad y tacañería se acompañaban de cierta miopía racista: creer en que en todo caso el rebrote quedaría ceñido a esos extranjeros de color. Ahora, con los hospitales al borde del colapso, mientras los telediarios internacionales hablan del peligro de viajar a Catalunya y España (porque la guerra turística es la guerra turística), se reconocen con boca pequeña las disfunciones entre Salut, Treball y Afers Socials. Lo único que se hace con profesionalidad es la propaganda para que, como ocurrió en Igualada, haya quien que crea que las palabras definitorias son "accidente" y "la culpa no es nuestra", y no "síntoma" de hasta dónde hemos llegado.