13 ago 2020

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Consecuencias de la crisis del coronavirus

Banderas de la Unión Europea ondean frente al edificio de la Comisión Europea, en Bruselas.

YVES HERMAN (REUTERS)

El tren de Europa

Alfonso Armada

Se necesitan estadistas que potencien el proyecto europeo ante los riesgos de fragmentación social y geográfica generados por la pandemia

Pido permiso a mi amigo Mauricio Wiesenthal para servirme del subtítulo de Orient-Express, que acaba de publicar en Acantilado, para esta invitación a un viaje político, literario y económico a una cumbre en la que se debe decidir cómo gastar y dónde los 750.000 millones de euros que permitan a la Unión Europea remontar los estragos causados por el coronavirus. El tren de Wiesenthal fue “símbolo de una Europa diversa llena de personajes variopintos, de olores, colores y sabores, unida por ese tren que, más que un medio de transporte, fue una extraordinaria forma de civilización y de entendimiento entre los pueblos”.

No me parece fruto del azar que este Orient-Express haya llegado a las librerías al mismo tiempo que otro cargado de mapas, historias y voces, Los europeos, del historiador británico Orlando Figes, subtitulado ‘Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita’. Esas tres vidas, en volandas de los grandes expresos europeos y la música, son las del escritor ruso Iván Turguénev; Pauline Viardot, una de las cantantes de ópera más famosas del mundo, de origen español, y un hispanista y gran amante del arte, el francés Louis Viardot.

Como supieron Aristófanes y Molière, somos únicos y vulgares, compendio de vicios y hazañas, capaces de lo peor y de lo mejor. Pero no caigamos víctimas de la superchería que identifica naciones enteras bajo un rasgo. Hagamos caso de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska: “¡Cero ismos! No deberíamos someternos jamás a las ideas de grupo. No se puede ser ese insecto clavado en un corcho con una agujita y una etiqueta debajo”. Con harta frecuencia cebamos estereotipos nacionales alimentados no por el conocimiento de la historia objetiva sino por infantilismo y pereza intelectual.

El proyecto europeo 

Por eso me animo a proponer como lecturas para este raro verano estos dos libros junto a Posguerra, del añorado Tony Judt. Para que los ciudadanos conscientes de que el gran proyecto europeo merece perdurar por razones egoístas y simbólicas acopien argumentos para huir del lugar común. A menudo compramos la mercancía averiada del norte ahorrador y el sur derrochador, del norte austero frente al sur hedonista. Cierto que a la hora de exigir responsabilidades políticas ante la mentira o la corrupción las democracias del norte suelen ser más expeditivas que sus homólogas del sur. Pero antes de sacar conclusiones de quiénes somos recordemos con Judt cómo se reconstruyó Europa tras los escombros físicos y morales de la Segunda Guerra Mundial.

Un peligro inherente a los libros de Wiesenthal, Figes y Judt es que nos hacen añorar a gigantes políticos, literarios, artísticos que en este momento no vislumbramos. Tal vez porque la talla de los políticos la marca la media de los países donde brotan. Se necesitan estadistas capaces de lanzar el tren europeo frente a los riesgos de fragmentación social y geográfica que la pandemia ha sembrado. Y saber gastar bien esa vertiginosa suma de 750.000 millones para que Europa siga siendo un convoy al que todos los ciudadanos del mundo quieran subir.