23 oct 2020

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IDEAS

Una imagen del documental ’Fylthy Rich’. 

Correr detrás de la verdad

Mónica Vázquez

No quería verlo. No quería saber. Había oído hablar de él, de sus innumerables crímenes, de la suciedad inherente que acompañaba a su nombre donde fuera que fuese, y no quería resucitar su recuerdo viendo el documental de Netflix. Creía que, una vez muerto el pecador, el pecado moriría con él, pero, tal y como tal vez hace siempre la humanidad, pequé de inocente. Decidí rendirme a la importancia de saber más para poder dejar de ser cómplice silencioso del abuso del poder, y vi 'Filthy Rich', el documental sobre Jeffrey Epstein, para enfrentarme a una verdad que nunca duerme, a una realidad que jamás perdona.

Ver documentales ya no es una manera cómoda y sencilla de aprender cosas del mundo o de la historia de la humanidad desde la placidez del sofá, arropados por la perspectiva de expertos que iluminan preguntas concretas con respuestas afiladas que, confiamos, dan siempre en la diana. Ya no nos educan con bandas sonoras envolventes, si no que, de un tiempo a esta parte, hemos aprendido a desdoblar el molde narrativo de la ficción para enmarcar el reflejo de una realidad compleja y profundamente enferma en forma de docuseries y así atrevernos a entrar al barro, sin miedo.

Ver según qué documentales nos embarca en una gincana de significantes, miedo y una casi enfermiza fascinación por cuán terrible puede resultar el ser humano y, por tanto, el mundo que éste ha creado. Ahora ya no podemos huir de según qué cosas. Ahora ya no podemos hacernos los despistados con la excusa de estar lejos de la noticia, o de no disponer de los medios para informarnos en profundidad. Por supuesto, uno nunca llega a saberlo todo sobre nada, y es imposible conocer la realidad absoluta de algo tan esquivo como una experiencia vivida. Pero en el intento está el aprendizaje y, lleguemos hasta dónde lleguemos con él, al menos eso nos lo llevamos ganado. Terminé de ver “Filthy Rich” con violenta rabia hecha nauseas, con una candente pena clavada en la garganta y una dolorosa pregunta, inescapable. ¿Cómo hemos dejado que algo así pasara? ¿Y cómo puede ser que, sabiendo ahora lo que antes no éramos capaces ni de imaginar, podamos seguir dejando que pase?

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