24 oct 2020

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La ciudad real y la soñada

Strummer, Bisbal, Barcelona

CONTÉ

Strummer, Bisbal, Barcelona

Silvia Cruz Lapeña

Sigo sin saber qué mueve a Barcelona, único lugar donde he visto llorar a alguien en la calle sin que nadie le pregunte qué le pasa

Bajo del tren, salgo a la calle y cojo un taxi. “¿Llegas o vuelves?”, me pregunta el dueño. Su pelo oscuro, sus pecas y su descaro me recuerdan a Sandino, invento de Carlos Zanón en 'Taxi', propietario de un Prius amarillo y negro que no quiere regresar a casa porque cree que Lola, su mujer, lo va a dejar esa noche. Como él, tampoco yo quiero volver, pero lo hago, aunque vivir en la ficción tiene ventajas. El conductor de la novela es un poquito quien es por The Clash mientras que el mío sintoniza Radiolé porque una cosa es lo que soñamos ser y otra lo que somos. Joe Strummer contra David Bisbal, si los sumo a ambos y los divido entre dos, no salgo yo. Es la fórmula, sencilla, que demuestra que el arte no es la vida.

“¿Y quién eres tú?", me pregunto cuando el taxista aminora a la altura de Gran Vía con paseo de Gracia, donde una madrugada, sentada en un banco, vi amanecer con Sílvia Pérez Cruz. Yo le leí las líneas de la mano, ella arrancó a cantar 'Negra sombra' en un gallego perfecto y el sol salió. Lo sentí como un augurio de muchas cosas, todas buenas, aunque algunas aprendimos a desearlas cuando ya se habían cumplido. 

Sí, soy enemiga del futuro y del pasado, pero leo las manos y no puedo parar de recordar. Especialmente desde que he vuelto a Barcelona tras el encierro y a pesar de que sé que la memoria es una trampa que funciona en espiral. Por eso, muchos de esos recuerdos tienen música y empiezan o terminan en el Mediterráneo, no el mar sino el bar, el de la calle de Balmes donde es más famoso Paco Martín que Mayte, su hermana cantaora. 

Animada por la bohemia

Allí conocí yo a un novio malo, imprescindible para distinguir al que vendría luego, que no fue bueno sino el mejor. Allí llevé a mi abuela que, animada por la bohemia, me desveló que de adolescente actuó en el Teatro Victoria. “¿Y qué cantabas?”, le pregunté y ella, afinando, entonó: “Ay que me diga que sí / ay, si me dice que no / como no lo ha 'querío' ninguna / lo quiero yo”. En esa barra también empecé a reconciliar la lengua de mi abuelo con la música de mi cuna tras conocer a otro cantaor, Jordi Fornells, y comprobar, gracias a unos tientos tangos con versos de Miquel Bauçà, que no hay identidad que me interese que no sea bífida.

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“Levanta los ojos, no mires atrás”, me repito y así logro salir de aquel bar y de ese taxi y enfilo Rambla abajo hasta la playa. Cometo el error de mirar el móvil y veo que Jordi Corominas, que es escritor y es un dardo, ha publicado una foto del Conde Drácula, el bar donde quedaban mis padres cuando eran novios, en plena Vía Julia, la calle buena del barrio malo, una avenida grande para los sueños pequeños. “Ve allí y pide unas bravas”, me digo pero, por suerte, la parte de mí que tiene valor para mirar a la muerte, que es el presente, me frena al recordarme que la vida no tiene réplicas, que ni recordar ni escribir la sustituyen. 

Tampoco los hijos: también su vida es una sola y no les pertenece más que a ellos. Y entonces, como si desde el más allá Manuel Alcántara bajara a arrancarme un velo, entiendo qué quiso decirle a su hija cuando escribió 'Excusas a Lola': “Ante ti a veces me sentí culpable / de que vivir no fuera navegable / y te pedí perdón desde mi frente”.

Unir Málaga con Barcelona

Con esas líneas que Mayte Martín convirtió en canción achicando el Mediterráneo, el mar no el bar, al unir Málaga con Barcelona, llego a la Barceloneta, otro charco de nostalgia. Allí, en el Bar Leo, el templo de Bambino, me dijo Moncho una vez que nunca existió una Barcelona secreta, sino que toda ella era discreta. Hizo falta aquella frase dicha con voz de bolero para que me diera cuenta de que nunca comprendí esta ciudad. Durante un tiempo pensé que era una secuela de haber migrado siendo niña del norte al sur, un viaje del que regresé sin ser ya de ningún lado.

Sigo sin saber qué mueve a Barcelona, único lugar donde he visto llorar a alguien en la calle sin que nadie le pregunte qué le pasa. Antes me parecía un defecto, hoy un alivio. Es como si la ciudad te susurrara: “Llora tranquila, nadie te escucha”. Y así, en pleno llanto, llego a la playa, donde reparo en que en realidad no hay mar, todo es ribera, y me parece escuchar al editor Marcel Ventura recitar un verso de Rafael Cadenas: “La orilla pertenece a los que aman”, escribió un tipo que afirmaba que lo único que existe de veras es el hueco que dejamos al movernos. 

“Vuelvo”, le respondí al taxista descarado creyendo saber dónde llegaba. El error fue mío y fue de cálculo: hacer la media con la ciudad real y la soñada.

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