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Qum Torra interviene en el pleno monográfico en el Parlament.

Qum Torra interviene en el pleno monográfico en el Parlament. / ACN / SÍLVIA JARDÍ

Quim Torra ha perdido el miedo a la convocatoria de elecciones. Solo él puede activar una contienda anticipada. A pesar de su resistencia a lo largo de los últimos meses, algunos medios de comunicación apuntan a que podrían celebrarse en octubre aprovechando el efecto emocional del 1-O. Dos serían las razones. La primera: el inicio de clarificación en el espacio posconvergente. Si los de Carles Puigdemont y los de David Bonvehí acaban partiendo peras, mejor tirarse ya plenamente a la campaña electoral aprovechando la ilusión inicial de la creación de un proyecto nuevo (aunque se trate de la enésima refundación del espacio). Y si se acaba no materializando la ruptura (y solo se trata de una guerra de posiciones) o si se rompe pero posteriormente hay alianza electoral (aprovechando el liderazgo del de Waterloo pero también la marca, los espacios electorales y los recursos), tiene sentido poner en funcionamiento la maquinaria electoral para frenar reproches y disputas internas. La segunda razón tiene que ver con la recuperación de una cierta popularidad del presidente durante la gestión de la crisis del coronavirus. Según nos dicen los recientes datos demoscópicos, Torra ha mejorado su valoración durante el periodo de excepcionalidad recientemente vivido. Este hecho puede poner a su formación política en una situación de partida en la carrera electoral mejor que hace unos meses.

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El 25 de julio es la fecha anunciada por Carles Puigdemont para la constitución de la nueva formación política. Asimismo ese fin de semana se celebra el consejo nacional del PDECat. En plena canícula, podremos empezar a desvelar algunas incógnitas. Ahora bien, a estas alturas no daría ningún escenario por cerrado. Es cierto que las disputas estratégicas, por el poder y de liderazgo en este espacio (que no tienen porque ir vinculadas) hacen cada vez más inviable un proyecto unitario. Pero también es cierto que en el mundo heredero del pujolismo reside un miedo atávico a quedar en la oposición, una obsesión para ocupar espacios de poder, una necesidad a seguir manteniendo cargos. Y saben bien que las rupturas y las escisiones introducen un factor de riesgo. Además, mucho de lo que hagan dependerá de terceros: mirada de soslayo permanente hacia ERC.

Sobre la concreción de la fecha de elecciones hay otra cuestión en juego. Este fin de semana se celebran las elecciones autonómicas en Euskadi y Galicia. No es que se trate de contextos comparables, su vida política reciente ha diferido mucho de la catalana, pero sí que hay un dato importante que saber: el comportamiento de la población en un contexto de pandemia. En las elecciones municipales francesas, sólo un 40% de los llamados a las urnas ejercieron su derecho a sufragio. Un dato excepcional para una democracia consolidada. ¿Pasará algo similar el 12-J? ¿Con qué magnitud? ¿Cómo se repartirá la abstención? Muchas preguntas para un contexto incierto. Y todo ello en un marco donde los rebrotes o una segunda ola de la pandemia pueden aparecen en cualquier momento.