07 ago 2020

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Editorial

Selectividad en tiempos de crisis

Las pruebas debían adaptarse este curso y no convertirse en una nueva traba para una promoción que ya ha tenido que encarar demasiadas

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El Periódico

Una joven mira el examen en la primera jornada de las pruebas de selectividad en la Universidad de Biología, en junio del 2019.

Una joven mira el examen en la primera jornada de las pruebas de selectividad en la Universidad de Biología, en junio del 2019. / JORDI COTRINA

Las pruebas de acceso a la universidad, conocidas popularmente como la selectividad, representan para miles de alumnos, cada curso, un ejercicio de concentración de notable dificultad que les permite acceder a la educación superior. Este año, la selectividad será radicalmente distinta a las demás, empezando por el número de días de exámenes (cuatro en lugar de los tres habituales), por las fechas, un mes después de lo previsto antes de la pandemia, y por las precauciones que la deberán rodear. 

Todo ello ha complicado una logística ya de por sí difícil, con la dificultad añadida que este año, en buena parte debido al aumento de aprobados en bachillerato (11 puntos más que en 2019, debido a criterios más laxos en la evaluación). La selectividad es una prueba exigente que demanda una concentración y una preparación que este año, obviamente, han sido más difíciles. Además, el entorno de las pruebas será extraño y singular, con un cierto temor en el ambiente, sin olvidar las previsibles condiciones meteorológicas. Todo ello justifica que sin caer en la falta de rigor, exista una cierta flexibilización en el contenido de la prueba.

El confinamiento y el cierre de los centros, con un tercer trimestre virtual y con la perspectiva incierta del próximo curso, en el que por lo menos las universidades ofrecerán una enseñanza híbrida, obliga a plantearnos en qué medida afectarán estas inéditas circunstancias a toda una generación de estudiantes, desde los que ya se planteaban su inmediato futuro profesional hasta los más pequeños.  Y a reclamar que no sufran un agravio comparativo. Pueden ver marcado su futuro por un replanteamiento de la enseñanza, adaptada a unas circunstancias cambiantes que dependerán mucho de la evolución del virus y de hipotéticos rebrotes. También por la limitación de oportunidades en intercambios, becas de prácticas y colaboración, contacto con sus docentes... La incertidumbre –que aumenta en casos como el del Segrià, que va a llevar a cabo las PAU a pesar del confinamiento de la comarca– no es la mejor compañera de viaje para afrontar momentos tan decisivos en la formación. Aun así, puede contemplarse la crisis como una oportunidad de profundizar en nuevas perspectivas educativas.