ANÁLISIS

Morricone, la banda sonora de mi vida

Este genio de la cultura pulp decía que el arte no era fruto del talento innato o de la intuición "sobrenatural" sino de la seriedad, la dedicación y la constancia

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El compositor italiano Ennio Morricone.

El compositor italiano Ennio Morricone. / EFE / AMPAS

Los amigos periodistas que tuvieron que lidiar con Ennio Morricone siempre me han descrito la experiencia como una pesadilla. Las anécdotas de desplantes, broncas, pataletas son innumerables. Y sí, me creo que llamase de verdad “cretino” a Tarantino. Pero daba igual. Los mismos afectados –a falta de confirmar con Quentin- me lo reconocen. Daba igual porque su música hacía que se le perdonara todo lo que pasaba fuera de ella. Es lo que tiene, justo o no que sea, pertenecer a la categoría de genio.  

Personalmente este señor siempre me ha caído bien. Dentro y fuera de su música. En primer lugar, porque decía que el arte no era fruto del talento innato o de la intuición “sobrenatural” sino de la seriedad, la dedicación y la constancia: un motivo de ánimo y esperanza  para todos aquellos desgraciados que somos de sudar mucho para conseguir las cosas. En segundo lugar, por su pasión por el futbol. Hasta leí que quería ser futbolista y acabó siendo compositor porque no pudo ser futbolista. En toda la cara a esa elite intelectual esnobista que desprecia la mediocridad, a Cristiano y compañía y, por extensión, todo lo que es terrenalmente popular. Morricone era un genio de la cultura pulp, empezando por su amor, ese género tan despreciado por la elite como el cine del Oeste.

Este genio de la cultura 'pulp' decía que el arte no era fruto del talento innato o de la intuición "sobrenatural" sino de la seriedad, la dedicación y la constancia

No puedo presumir de una relación personal o exclusiva con Morricone. No le he conocido, no he trabajado con él, ni tan siquiera me ha insultado. Tampoco el hecho de compartir nacionalidad es razón de unión particular. Su obra trasciende fronteras y hasta épocas. No tengo pues mayor vínculo con él de un americano, un francés o un chino que hoy, ayer o mañana se enamora de su música. La cosa es que simplemente este señor ha compuesto la banda sonora de algunas de las películas que más amo y que más interiorizo. Por eso, sin base racional alguna, tengo de todas formas la sensación de que me une a él un lazo emocional fuerte, sólido y bonito, si bien no exclusivo y descaradamente unilateral.     

No me pidáis que elija aquí sus mejores bandas sonoras porque no me aclararía nunca conmigo mismo. Lo que sé es que, tras leer de su fallecimiento, me he sorprendido silbando una melodía de 'Érase una vez en América'. Se trata de una secuencia en la que Patsy niño compra un pastel que piensa donar a una prostituta a cambio de sexo: mientras espera impaciente que la chica le atienda, no aguanta y se come el pastel. No sé por qué me han vuelto a la mente precisamente esas notas. Pero es cierto que no es la primera vez que me ocurre. Si lo analizo, me decanto por pensar que mi cerebro las evoca cuando la realidad que me rodea me desagrada y anhelo volver a ser un crío, como Patsy. De hecho, distintos recuerdos de mi vida encajan con esa melodía.  Y entonces pienso que, sin poder presumir de conocerle personalmente, soy afortunado porque este señor  ha compuesto parte de la banda sonora de mi vida.  

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Alberto Marini es guionista.