Al contrataque

Acabar con el psiquiatra

Pretendemos autodefinir los propios transtornos mentales, en caso de que existan, cuando no se nos pasaría nunca por la cabeza oponernos al diagnóstico del oncólogo

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Una persona con signos de estar deprimida.

Una persona con signos de estar deprimida. / 123RF

“No quiero que un psiquiatra me diga lo que tengo que ser” es un eslogan que hemos oído mucho estos días. Como si los profesionales de la salud mental tuvieran el superpoder de convertir a sus pacientes en lo que no son, como si respondieran al estereotipo grotesco con el que los ha representado la industria del entretenimiento. Casi todos los psiquiatras que aparecen en series y películas son personajes malvados, retorcidos, perversos que someten a los demás en beneficio propio. Esta es la manía persecutoria predominante.

También hay escritores y artistas afectados por un sufrimiento psíquico inútil que no quieren poner los pies en ninguna consulta porque creen que la terapia domesticará su genio creador y los convertirá en personas convencionales. Sigue vigente el mito romántico del dolor como motor de creatividad.

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Lo cierto es que los psiquiatras ni tienen la capacidad de cambiar la personalidad de sus pacientes ni es ese el objetivo de su disciplina. Si así fuera bastaría con un buen tratamiento para transformar a psicópatas, pederastas y criminales de todo tipo en personas normales. Se olvida a menudo que el malestar mental y emocional es también malestar y que lo que busca cualquier profesional de la salud, también los psiquiatras, no es otra cosa que el bienestar de sus pacientes. Entonces, ¿por qué dan miedo? Puede que porque son los que pueden establecer lo que es patológico y  lo que no, los que saben dónde está la línea que separa la locura de la cordura. Celebramos el saber médico de los sanitarios que han estado al pie del cañón luchando contra el virus pero impugnamos el de la psiquiatría porque no la vemos más que como una disciplina castradora y opresora, lo cual ya es un síntoma.

Puede que lo que no queramos aceptar es que nuestra existencia tiene sus límites y que no forma parte de la lucha por la libertad acabar con las leyes de la biología, puede que impugnando al psiquiatra lo que queremos es impugnar las fronteras de nuestra condición material. Pretendemos autodefinir los propios transtornos mentales, en caso de que existan, cuando no se nos pasaría nunca por la cabeza oponernos al diagnóstico del oncólogo. Pero no es extraño querer acabar con los psiquiatras en una sociedad que, cada vez más, camina hacia la locura colectiva.