ELECCIONES VASCAS Y GALLEGAS

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El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, y el del PP, Pablo Casado, el pasado 21 de junio, en Santiago.

El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, y el del PP, Pablo Casado, el pasado 21 de junio, en Santiago. / EUROPA PRESS / ÁLVARO BALLESTEROS

Cuando el lendakari, Iñigo Urkullu, y el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, convocaron elecciones en febrero a.c. (antes del confinamiento) lo que estaba en juego, además de la ratificación de la mayoría absoluta del PP en Galicia y de la hegemonía del PNV en Euskadi, era si Pedro Sánchez, su recién estrenado Gobierno de coalición con Unidas Podemos y la mesa de diálogo para Catalunya pasaban la reválida. Hacía justo un mes que Sánchez había sido investido presidente con los votos del PNV y las abstenciones de ERC y Bildu, y tanto esa votación como el hecho de que se coaligara con Pablo Iglesias levantaron ronchas en una parte del espectro político y social e incluso dentro del propio PSOE.

Así que aquellos comicios, que hubo que posponer por el estado de alarma y el confinamiento general de la población, iban a ser la primera prueba para conocer la acogida de los electores a esa nueva realidad, en dos comunidades autónomas con presencia nacionalista, dominante en el País Vasco y con menos implantación en Galicia, en las que están acostumbrados al lenguaje de los soberanistas y no les asustan algunas expresiones de ERC, Bildu o JxCat.

Pero las cosas han cambiado mucho desde febrero. La pandemia del coronavirus, que sigue aquí aunque se haya levantado el estado de alarma y la ciudadanía vuelva a una cierta normalidad, ha trastocado todos los parámetros y, lo más importante, Sánchez y su Gobierno han sobrevivido al estado de excepcionalidad, pese a los esfuerzos de la derecha por ayudarles a caer. Así que, claro que Sánchez será evaluado en estos comicios, como lo serán todos los líderes y partidos, pero llega a ellos habiendo superado, al menos con un aprobado, una dura prueba. El PSOE, de hecho, no tiene posibilidades de ganar en ninguno de los dos territorios, donde Feijóo y Urkullu parecen imbatibles, pero mejorará posiciones frente a las elecciones del 2016, en las que fueron superados por En Marea y Podemos. Ahora serán, seguramente, segundos en Galicia y terceros, tras PNV y Bildu en el País Vasco.

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Quien sí somete su estrategia al escrutinio de los electores es el líder del PP, Pablo Casado, que juega con dos barajas diferentes, una en cada uno de los territorios. En Galicia, con el moderado Núñez Feijóo, que si revalida su mayoría absoluta, como todo hace prever, pondrá en evidencia la política de acoso y derribo al Gobierno de Sánchez desarrollada por Casado en los momentos más duros de la crisis sanitaria. El presidente gallego verá reafirmada su posición y se reforzará como posible alternativa al liderazgo del PP. Quedará ahí, en la reserva, por si llegara el momento de sustituir a Casado.

En Euskadi, Casado ha hecho su apuesta más personal y ha jugado sus cartas a favor del PP más radical, al optar por Carlos Iturgaiz como candidato y desplazar al moderado Alfonso Alonso. Los sondeos auguran que los populares bajarán en votos y escaños, pese a que van en coalición con Ciudadanos. Si el moderado arrasa y el fundamentalista fracasa, el PP tendrá que reflexionar y decidir.