25 oct 2020

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Historias

Vacuna en 'probetas' vivientes

RAMON CURTO

Vacuna en 'probetas' vivientes

Olga Merino

La expedición de Balmis llevó al Nuevo Mundo el remedio contra la viruela en 1803, inoculado en 22 niños huérfanos

Los apóstoles de lo políticamente correcto se mesarían escandalizados los cabellos de repetirse hoy la misión que, encabezada por el médico alicantino Francisco Javier Balmis (1753–1819), llevó la vacuna de la viruela a las colonias españolas en un periplo alrededor del mundo de seis años, 7 meses y 22 días. La primera expedición filantrópica de la historia zarpó del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803, en un intento, dicen, de saldar la deuda que habían contraído los conquistadores del siglo XVI al introducir plagas devastadoras, hasta entonces desconocidas para las poblaciones indígenas.

La idea de utilizar a las criaturas como ‘probetas’ vivientes se le ocurrió al mismo Balmis ante la dificultad del proyecto: el fluido vacunal, recogido en recipientes de vidrio, apenas se conservaba eficaz un par de semanas. Otra posibilidad para transportar el remedio consistía en surcar el Atlántico con vacas enfermas; sí, un lío bovino descomunal.

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El relato obliga aquí a hacer un paréntesis para consignar que el mérito del descubrimiento de la vacuna se debe a la sagacidad del cirujano inglés Edward Jenner, quien observó que las ordeñadoras de Gloucestershire, donde ejercía, jamás enfermaban de viruelas aunque surgiera un brote en el condado. Un buen día, una granjera acudió a visitarle por unas pústulas purulentas en las manos, y le soltó así, como de paso: “Sé que no es viruela, pues ya me ha dado la viruela de las vacas”. Se había infectado ordeñando la leche de ‘Blossom’. ¿Cómo? El doctor Jenner tomó un extracto de pus de las llagas de Sarah Nelmes, que así se llamaba la muchacha, y lo inoculó a James Phipps, un niño de 8 años, quien desarrolló unos granos que enseguida remitieron. Dos meses después, el 1 de julio de 1796, inyectó al chaval el virus de la viruela humana, a la que resultó inmune. ¡Eureka! La viruela bovina (‘cowpox’), benigna para los bípedos, había impedido la aparición de su equivalente en humanos (‘smallpox’). De ahí el nombre; de vaca, vacuna.

De brazo a brazo parecía la vacunación más eficaz. Pero costó lo suyo ‘reclutar’ niños para la expedición de Balmis, aun cuando el rey Carlos IV, quien perdió a su hija la infanta María Teresa a causa de las viruelas, había prometido buen trato, buena comida, estudios y una suculenta recompensa a los pequeños conejillos de Indias inoculados. Al final, lograron embarcar a 22 niños de entre 3 y 9 años, en su mayoría procedentes de la Casa de Huérfanos de La Coruña, al cuidado de su rectora, Isabel Cendal Gómez, la única mujer en la expedición. Pobres mocosos abandonados en el torno de los conventos, marcados con el apellido Expósito o Hope (esperanza) en la vieja Inglaterra.

La gente de Balmis consiguió que se inyectaran más de millón y medio de vacunas contra una enfermedad extremadamente mortífera y cuyas víctimas, en el caso improbable de salvarse, conservaban el recuerdo de un rostro marcado con cráteres.

Vaya el último párrafo en homenaje a un personaje secundario: el médico catalán Josep Salvany Lleopart, el segundo de a bordo, quien encontró la muerte en Cochabamba (Bolivia), empeñado en seguir adelante con la empresa en las Américas a pesar del clima, el soroche y las enfermedades que se confabularon con su ya precaria salud, entre ellas la malaria, el garrotillo (difteria) y una muñeca dislocada que, por falta de cuidados, se quedó “sin poder hacer más uso de ella que el de vacunar y escribir”. Los héroes sin pretenderlo. Los anónimos vocacionales de los aplausos.