22 sep 2020

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EL LABERINTO CATALÁN

El ’expresident’ Carles Puigdemont, el pasado 23 de junio, en Bruselas.

AFP / JOHN THYS

Sin 'procés' ni 'posprocés'

Joaquim Coll

Cuando a mediados de marzo estalló la pandemia en España escribí que el 'procés' iba a ser devorado por la crisis sanitaria y socioeconómica del coronavirus. En realidad, la afirmación no era del todo exacta porque su motor, es decir, la creencia de que la secesión era posible situando al Parlament y al Govern fuera del orden constitucional, ya se había dado de bruces con la realidad en octubre del 2017 tras la falsa DUI del día 27, seguida del silencio cobarde de Oriol Junqueras y la huida de Carles Puigdemont a Bélgica. El 'procés' entendido como unilateralidad murió ahí, de la misma forma que nació cinco años antes cuando Artur Mas rompió sus acuerdos con el PP y convocó elecciones en septiembre de 2012 para empezar "un 'procés' de gran envergadura i complexitat cap a l’autodeterminació", declaró en la Cámara. No nació con la sentencia del Tribunal Constitucional como estos días todavía algunos insistían. El 'procés' respondió a disyuntivas internas del nacionalismo, principalmente para capear la crisis social y tapar la corrupción de CDC.

El 'procés' no solo murió en el 2017 como drama sino también como farsa porque sin penas de prisión, inhabilitaciones y multas en el futuro los líderes independentistas estarían realmente tentados de volverlo a hacer. Saldría gratis violentar las normas democráticas y llevar a la sociedad catalana al abismo. La contestada sentencia del Tribunal Supremo fue benigna con los condenados, pues no impuso la condición de que tuvieran que cumplir la mitad de la pena para acceder al tercer grado. Aún así, pasarse dos años y medio entre rejas no es poca cosa, como tampoco quedar inhabilitado hasta el 2031 para el ejercicio de una función pública como le pasa a Junqueras. Los jueces sabían que, estando el sistema penitenciario en manos de la Generalitat, la semilibertad les llegaría batiendo todos los récords gracias a un trato de favor. No es ilegal pero tampoco se puede esconder la verdad: si no fueran independentistas sería diferente. La ventaja de que estén pronto en calle es que elimina el lloriqueo, rebaja la tensión política, y facilita pasar a otra cosa.

Hace más de dos años que el 'procés' está muerto, aunque desde entonces vivíamos en extraño epílogo hacia ninguna parte con Quim Torra en el papel de protagonista. Y esto es lo que la pandemia ha roto por los cuatro costados, si bien la farsa ya se reveló a finales de enero cuando el president a punto estuvo de expulsar a ERC del Govern y anunció que convocaría elecciones en pocos meses. La ruptura del PDECat con Puigdemont, que antes del coronavirus no se hubiera producido, pone fin a la comedia del 'posprocés' por inanición. Que los alcaldes neoconvergentes se atrevan a desoír al líder gamberro del secesionismo ya lo dice todo. Si este episodio acaba en ruptura, lo que parece muy probable, se escribirá un antes y un después por sus importantes consecuencias para el conjunto del tablero político catalán. Y no solo para los independentistas. Los partidos constitucionalistas también necesitan adaptarse, sobre todo Cs, al nuevo escenario sin 'procés' ni 'posprocés'. No hay tiempo que perder.