15 jul 2020

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IDEAS

La música de nuestros padres

La música de nuestros padres

Mónica Vázquez

La música de nuestros padres es una de esas cosas que aprendemos a dar por sentadas. Como todo en la infancia, la vivimos a medio latido, casi sin prestar atención, dando por sentado que siempre estará ahí. Esos elepés que sonaban en el salón en las tardes de verano una y otra vez, dando vueltas ad infinitum en el tocadiscos. Ese cassette que se estropeó de tanto escucharlo en los viajes en coche. La irremplazable banda sonora de esa época, ahora bañada de dorado por el paso del tiempo y su inherente nostalgia, plagada de tecnologías físicas que nos enseñaron la magia de soplar en los cedés antes de ponerlos, o la importancia de llevar siempre un boli Bic encima. Y de repente te haces mayor, haces las maletas y te vas. Sin darte apenas cuenta, dejas atrás el mundo que te vio crecer y empiezas una nueva aventura.

Un día, la música de tus padres pasa a convertirse en la tuya, y escribes tu realidad con esas canciones que te saben a siempre

Pasan los años y te redescubres, a veces por accidente otras por andar buscándote, al caer en una de esas canciones que llevan prendidas el calor del pasado, y de repente deja de ser la música de tus padres para convertirse en la tuya, por derecho propio. Escribes tu realidad con esas canciones que te saben a siempre, mejor que nunca. Subes el volumen y, allá donde estés, estás en casa. Caminas hacia el futuro, siempre incierto, y te das cuenta de que llevas prendido en tu caminar la canción favorita de tu padre, el disco preferido de tu madre, el ritmo del recuerdo.

Caminas, con despistada intención, creciendo sin mirar, y una noche te das cuenta de que Nino Bravo está ahí, a tu lado, cantándole a la madrugada, caminando contigo de vuelta a casa después de una noche en una ciudad que aún huele a nuevo. Y descubres, encantada, que la música que amas irá siempre a donde quiera que tú vayas. Llevas en la sangre el sonido de mil canciones que creíste haber olvidado, y es cuando sangras de soledad y nostalgia cuando vienen al rescate, a cantarle a la nada, a curar la herida, a espantar el frío de una noche que parece que nunca acaba. A cogerte de la mano y a llevarte a casa en lo que dura el estribillo de 'Un beso y una flor', por ponerte un ejemplo que nunca falla.

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