11 jul 2020

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Dos miradas

Grafiti de una mujer con mascarilla en una calle del barrio de la Bonanova, en Barcelona.

FERRAN NADEU

No es pisar de nuevo las calles, sino asumirlas como los lugares donde su vida era fértil

La sensación es esta: "Estoy frenada y es como si el mundo también lo estuviera". Es decir, el movimiento se ha detenido o se ha ralentizado. Son personas que han vuelto a ver a los que aman, que han visitado de nuevo paisajes familiares, pero que conviven con una percepción que no saben describir. El ensimismamiento de los días confinados, la angustia de aquellas tardes sin fin, la desazón de un nuevo mañana que era similar o peor que los demás, les hacen estar incómodos ante la inmediatez del deseo. Les falta el impulso para expandirse: no es pisar de nuevo las calles, sino asumirlas como los lugares donde su vida era fértil.

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Es como si los días más críticos hubieran incorporado a la conciencia un mecanismo de relojería que ahora estalla. Como si la segunda piel que asumieron no quisiera ahora desprenderse de su cuerpo, empotrada en él sin voluntad de mudar. A mí también me pasa. Es como un relámpago repentino, seco. De repente, también, te das cuenta de que la sintaxis de tu vida trata de acordarse a esa ralentización. Como si no fueras capaz de cambiar el ritmo o como si pensaras que tienes que guardar fuerzas para cuando vuelva a caer la losa encima de tu cabeza.