10 ago 2020

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LA HOGUERA

Una profesora imparte una clase en un instituto de Barcelona, en una imagen de archivo.

JOSEP GARCIA

Necesitamos más filosofía en el instituto

Juan Soto Ivars

Los niños deben aprender a pensar, la única vacuna contra el fanatismo que ha demostrado funcionar

Los niños necesitan aprender matemáticas, historia, lengua, biología. Necesitan saber en qué cultura se crían y cuál es la grandeza y la miseria que los precede. Pero también necesitan aprender a pensar. Hasta no hace mucho, un niño que tuviera la mala fortuna de nacer en una familia sin libros o con padres atareados aprendía a pensar jugando, y con la frustración y el aburrimiento. Niños agitanados, salvajes y anarquistas, hijos de familias desastrosas, han conseguido convertirse en grandes personalidades.

Pero los niños de hoy se enfrentan a dos problemas. Son problemas de su tiempo, de la misma forma que el trabajo precario, el paro o la vivienda demasiado cara son problemas del tiempo de los adultos.

Dos problemas

El primer problema del niño es que no puede aburrirse. El sentimiento de culpa de unos padres esclavizados ha convertido la vida del niño en una disciplina estajanovista que se llama "actividad extraescolar". De judo van a baile, de baile a inglés, de inglés a pintura y después tienen que hacer los deberes. Un niño que se educa así no aprende a pensar porque no tiene tiempo para ello, ni necesidad de hacerse preguntas.

Todo está previsto, en un horario, y no hay más incertidumbre que la programada. El exceso de actividad calculada en la vida del niño es la sombra más siniestra del exceso de trabajo en la vida de sus padres. Conduce a una existencia alienante, enemiga del pensar.

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El segundo problema del niño es que le acompañará durante todo su desarrollo un chupete que le mantendrá en un estadio de impotencia: una golosina que no se acaba nunca y le alivia una angustia mientras le provoca otra, sin que se dé cuenta. Este chupete es la pantalla. Les hace de niñera, de compañero de juegos y de ventana al mundo, pero no es más que una pantalla de unas cuantas pulgadas. De nuevo: es algo que impide pensar.

El exceso de pantallas tiene un efecto que los profesores de filosofía han podido advertir ya. He oído muchas veces este comentario: "A estos muchachos les cuesta manejar conceptos, ¡están demasiado acostumbrados a las imágenes!". Así funcionaba la mente del hombre medieval, y en este sentido han aparecido señales de alarma. Se han relacionado estos dos problemas con el fanatismo y la literalidad que parecen ser dos señas generacionales.

¿Qué se puede hacer? ¿No es tarde para las soluciones? No. Hay un arma que ponerles en la mano para enfrentarse al problema solos, y es la filosofía. La filosofía no solo enseña quién fue Sócrates, sino cómo funcionaba su mente. Durante los últimos años, su peso ha ido menguando en los currículos de la educación obligatoria, mientras se fracturaba la ética común y se multiplicaban los obstáculos para desarrollar el pensamiento crítico.

El Centro de Filosofía para Niños ha lanzado, en forma de manifiesto, una propuesta que suscribo para que la futura ley educativa proporcione a los niños la única vacuna contra el fanatismo que ha demostrado funcionar.