UNA DÉCADA DESPUÉS

El elefante ya no pasa por la puerta

El Estatut era una puerta abierta que permitía la salidad del paquidermo cuando sus dimensiones aún eran manejables

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Pancartas y banderas independentistas en la manifestación contra la sentencia del Estatut del 2010.

Pancartas y banderas independentistas en la manifestación contra la sentencia del Estatut del 2010. / JOSEP GARCÍA

El 25 de noviembre del 2009 doce periódicos catalanes, incluyendo EL PERIÓDICO, publicaban un editorial conjunto titulado 'La dignidad de Catalunya' ante la inminencia de la sentencia sobre el Estatut que debía dictar el Tribunal Constitucional. El texto era toda una premonición: “Que nadie yerre el diagnóstico, no estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad”. Para añadir: “Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable”. Dos años antes, el entonces presidente de la Generalitat, José Montilla, había advertido en una conferencia en Madrid de la “desafección emocional de Catalunya hacia España y hacia las instituciones comunes” que, según él, podía cuajar en un “alejamiento de Catalunya que podría ser irreversible”. 

Vistas desde 2020 todas estas advertencias, y las que pudiéramos añadir de las muchas que hubo, no fueron más que un intento de secar a cucharadas el mar del anticatalanismo que anegaba y anega una parte muy importante de la política española. Y de esos lodos, estos polvos. 

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Lo más importante de la sentencia del Estatut no eran los artículos del texto directamente cercenados o la interpretación restrictiva de muchos otros. El verdadero problema era que convertía en papel mojado un texto aprobado, no sin dificultades, en el Parlament, en las Cortes y finalmente sancionado por los ciudadanos catalanes a través de un referéndum. Ese día Catalunya era expulsada del pacto constitucional. Ahí sigue diez años después.

Situados en el presente la sentencia del Estatut sigue pesando como una losa. De todos es sabido que el gato escaldado del agua fría huye. Y a la desconfianza de lo que pueda dar de sí el incipiente diálogo que ahora se intenta, hay que sumar, vista la experiencia, que en España siempre puede acudirse a una cuarta cámara en forma de tribunal para que convierta en papel mojado lo que acuerdan los Parlamentos o los gobiernos.

Nadie puede ganar ni perder del todo

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Pero lo cierto es que el elefante catalán no ha hecho más que crecer y sigue en la habitación. El Estatut era una puerta abierta que permitía su salida cuando sus dimensiones aún eran manejables. Al cerrarla, se condenó al paquidermo a crecer entre cuatro paredes. Ahora, si se quiere moverlo no queda otra que echar abajo al menos uno de los muros. Para eso debería servir la mesa de negociación cuando se inicien las reuniones efectivas, no simbólicas una vez se haya votado en Catalunya.

No va a ser fácil porque sigue habiendo demasiados actores instalados en la lógica de la victoria-derrota. Y nadie puede ganar ni perder del todo si de lo que se trata es de buscar una solución. España seguirá instalada en la inestabilidad permanente mientras la mesa de los constitucionalistas no cuente con la pata de Catalunya y, a su vez, el soberanismo se mantendrá en una frustración creciente mientras se empeñe en transitar caminos impracticables. Bastaría con que los contrincantes tomaran nota de los errores del pasado para no repetirlos. Pero eso, en política, es pedir mucho, quizás demasiado. Y aún así, hay que intentarlo.