06 jul 2020

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ANÁLISIS

Los jugadores del Mallorca protestan a Melero López por la falta no señalada de Carvajal antes del gol de Vinícius.

ÓSCAR J. BARROSO (AFP7)

Lo de Piqué no fue una profecía

Antonio Bigatá

El central del Barça no tiene un catalejo mágico, simplemente sumó 2 y 2 y no quiere pasar por tonto

Piqué no tiene nada de profeta: simplemente no es tonto. Se fijó en los matices que presidían la reanudación de la Liga tras el parón y los resumió en una frase contundente. Nada más. Cuando habló no es que él hubiese visto con un catalejo mágico lo que pasaría después en el partido entre la Real Sociedad y el Real Madrid, ¡que fueron tantas cosas!, ni el primer gol -el del descorche- de los madridistas ante el modesto Mallorca, con la clara falta previa y no señalizada de Carvajal. Ni lo que vendrá. También había visto el muy justito momento de juego de su Barça y lo mucho que le cuesta profundizar si los árbitros que le tocan son tolerantes y no sacan tarjetas a los adversarios cuando cometen entradas antideportivas. Piqué solo sumó 2 y 2. Su frase desencadenó otra campaña mediática en su contra, pero esa ofensiva tuvo que frenar en seco a medida que pasaban minutos en el Real Sociedad-Real Madrid. Esa es la historia.

Ese partido recentró la cuestión. Lo que sucedió dejó de ser una queja barcelonista para convertirse en un clamor indignado no solo de toda la España futbolística sino asimismo una denuncia de abierta parcialidad por parte de la prensa internacional más solvente y prestigiada. La cuestión dejó de ser Piqué y pasó a ser qué ocurre en España con los árbitros y el VAR cuando juega el Madrid. Y empezaron a sustanciarse grandes desprestigiados que ya no eran solo árbitros.

Comentaristas marcados

Los más llamativos fueron los comentaristas de la transmisión televisada, que no solo no explicaron suficientemente lo que estaba ocurriendo ante de sus ojos sino que intentaron torpemente minimizarlo. Esa miopía les llevó a no ser conscientes de que ellos iban a quedar tan marcados como quienes arbitraban mal y ensuciaban el VAR. Les fallaron los reflejos y no supieron prever que de aquello iba a hablar y juzgar la prensa deportiva y la de información general de los principales países de Europa. La pifiaron con todo su equipo.

A partir de ahí ya caben las bromitas que quieran. Que si este año la foto oficial del Real Madrid campeón tendrá que incorporar junto a los jugadores a varios árbitros, pues ellos han sido los hombres más decisivos y valiosos en algunos encuentros. Que si Zidane prepara muy bien las jugadas de estrategia organizando faltas previas a sus  goles como la que hizo Carvajal abriendo camino, o forzando supuestos penaltis propios que los colegiados entenderán inmediatamente que son verdaderas oportunidades para su trabajo, o perdiendo el miedo, en cambio, a cometer penaltis propios o cargarse de tarjetas ya que en la práctica eso muchas veces no llegarán a plasmarse en nada.

Un público que no se queja

Yo pensaba que lo peor y más falso de esta reanudación forzada y anómala del campeonato serían los públicos virtuales de la tele que animan cuando lo decide el programador y siempre a favor de sus deseos. Odio ese recurso. Además lo considero un ensayo general para el momento en que los poderes decidan como conveniente que no haya un público real que pueda quejarse  de los árbitros, protestar los fallos, sacar pañuelos contra los directivos incapaces... Pero por lo que vemos esa ficción tramposa  es menos trascendente que la justicia también tramposa que imparten los señores árbitros en determinados momentos decisivos.

¿Qué nos queda del fútbol de verdad? Únicamente dos cosas: la posibilidad de cabrearnos cuando tratan a los ex de las gradas como a imbéciles y la posibilidad de quejarnos para no llevar en silencio los cuernos que nos ponen los negociantes que se han apoderado de lo que antes era nuestro juego. Y una pequeña libertad: la de pensar que Piqué no es un profeta sino alguien que simplemente no quiere pasar por tonto.