08 jul 2020

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GRACIAS POR EL RETRATO, AMIGO

El fotógrafo argentino Carlos Bosch

Carlos Bosch o cómo fotografiar tu muerte

Emilio Pérez de Rozas

Hay personas que, aunque desaparezcan de tu vida, de tus vidas, siempre están. Hay personas que, sin haberte ido al cine con ellas, ni siquiera, tal vez, haber ido a cenar y, mucho menos, de vacaciones o de fin de semana, te dejan una huella perenne, eterna. Hay personas que aunque posean esa virtud, que tú consideras defecto, de creerse, a veces, a menudo, superiores a ti porque, en efecto, saben mucho más que tú de lo que hablas, son, para ti, adorables, enternecedoras. Hay personas que son tan buenas, tanto, en su profesión, en su oficio, con lo que se ganan la vida, que poseen una autoridad moral sobre el resto de compañeros, en eso, en su manualidad, en su arte, que te mantienen siempre con la boca abierta. Y con razón.

He leído casi todo lo que se ha escrito estos días del fotógrafo argentino Carlos Bosch, que nos acaba de dejar en su maravillosa Argentina. Sí, por supuesto, he leído la cariñosa, detallada y nostálgica reseña de su amigo, nuestro amigo, Carles Cols en este diario. También, también, los textos de ‘Clarín’ y ‘La Nación’, dos líderes del papel en su Buenos Aires querido. Y, por supuesto, por descontado, todos los elogios que le han dedicado profesores, maestros, catedráticos, políticos, sindicalistas, periodistas, fotógrafos, claro, y demás personas que admiraron su obra pero, sobre todo, su peculiar personalidad, atrevimiento, determinación, coraje, valentía, originalidad, calidad y riesgo.

Los maravillosos 70

Lo he leído todo, pero solo yo (lo siento, o no), poseo, en el salvapantallas de mi móvil, un original de Carlos Bosch, el retrato que mi compañero y amigo en la fundación, creación y puesta en marcha de este periódico, de nuestro periódico, me hizo una tarde de aquellos maravillosos años 70, en que nos pusimos a mil durante meses, semanas, días y noches, para, arrastrados por la obsesión periodística, lucidez e intuición de los AntoniosAsensio y Franco, parir algo que tenía como uno de sus principales motivos: entrar por los ojos.

Carlos Bosch vivía casi más tiempo en su bochornoso laboratorio de El Periódico, allá abajo, en las catacumbas del edificio, que en la superficie. Y vivía allí abajo porque era su territorio, fuerte apache. Él amaba tanto, tanto, la fotografía, que quería parir sus imágenes desde que las pensaba hasta que las imprimía, con sus trucos sobre la ampliadora, con sus sombras de manos sobre el papel, con sus líquidos especiales y, sobre todo, con todos los tonos de negros, grises y blancos posibles, casi inexistentes.

Carlos compartía con papá la idea, la definición, de que “la vida es en color, pero las fotos han de ser en blanco y negro”. De la misma manera que papá compartía con él aquella explicación que me dio, sí, también, aquella tarde que bajé a estar un rato en su garito, de que “hay fotógrafos que susurran, que son hermosos de ver; yo no susurro, intento gritar para comunicarme”. Y, sí, Carlos Bosch también era, en eso, muy Pérez de Rozas, que, como mucha gente sabe, “no gritan, hablan alto”.

Aquella tarde, en la que Carlos Bosch estaba en sus cosas, es decir, perfeccionando alguna técnica, mejorando la copia de alguna de sus fotos, ni siquiera, tal vez, para El Periódico, bajé a charlar con él. Y, nada más verme, me dijo que quería hacerme una foto, un retrato. “Quítate la camisa y ponte estas gafas de soldador que tengo ahí. Cruza los brazos y ni pestañees”. Esa es la foto. Aquí la tienen. Tiene más de 40 años. Se nota, sí. Insisto, es el fondo de pantalla de mi móvil.

Busca mi cadaver

Pero aquella tarde, en aquel oscuro rincón, donde no bajaba casi nadie para no recibir algún que otro bufido, Carlos Bosch me contó el sueño de su vida. “Tú que vives la fotografía como yo, que la mamaste desde que naciste, seguro que no sabes que hay una manera de hacer las fotos de tu propia muerte”, empezó diciéndome con ese aire, no de maestro, sino de suficiente, de tipo que conoce la fórmula de la Coca-Cola. Y entonces me dijo que si algún día moría en un accidente de avión, le recordase a la familia (¡no iba a ser yo el único portador de su secreto!) que en el interior de su estómago, de su cadáver, estarían las fotos del accidente aéreo en el que acababa de perder la vida.

Después del retrato y de conocer su sueño de fotógrafo más que de artista, añadió: “Es sencillo, Emilio, haces las fotos mientras el avión se está cayendo, captas imágenes del pánico, del caos, del desastre, recoges el rollo, lo sacas de la cámara y ¡te lo tragas! antes de que el mundo se acabe para ti”. Y ahí es donde, en teoría, debía aparecer yo y conseguir, en la morgue, el rollo de Plus-X o Tri-X del accidente.

Yo no solo he vivido todos estos años con el retrato que me hizo mi amigo y colega en mi mesita de noche, no, he vivido atento a la pantalla, pendiente de que Carlos no muriese en un accidente aéreo. Es más, sabiendo lo bestia, genial, agresivo e implacable que fue como fotoperiodista, estoy convencido de que hasta le ha sabido mal que la muerte no le pillara en un avión. Ahora, además, le hubiese sido mucho más sencillo (no digo que agradable) tragarse una simple y plana tarjeta de memoria que un incómodo y metálico rollo de Kodak.

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