06 jul 2020

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IDEAS

Ambiente en una discoteca de Barcelona, el pasado lunes.

MARTÍ FRADERA

Baile de mascarillas

Miqui Otero

Lo dijeron de la polka y de la mazurca, del swing y del twist, del house y de la yenka: eso no es bailar. Pero, ¿y si ha llegado el momento en que la frase por fin es es válida? 

Durante esta crisis sanitaria hemos visto fiestas al aire libre en Alemania en las que, como emulando una rave en 'Cars', los bailarines debían quedarse dentro del coche y las ráfagas de luz o revuelo de bocinas eran su forma de mostrar la euforia en el subidón. También discotecas holandesas donde estaba permitido bailar, pero sentado, así que los fiesteros parecían inquietos comensales con un secreto muy grande (o unas ganas enormes de orinar) en una cena navideña. Ahora la Generalitat ha emitido un extraño protocolo: permite el baile a partir de este momento, pero para hacerlo grupos con contacto cercano “de forma muy habitual” deberán registrarse antes de entrar en la discoteca (la expresión “más aburrido que bailar con una hermana”, hecha realidad) y no podrán cimbrearse con desconocidos.

La conga queda abolida, por supuesto, ya que además se impone una distancia de entre 1,5 metros entre los bailarines, que, por otro lado, deberán llevar mascarilla en todo momento (el baile de máscaras veneciano, en clave sanitaria). En el resto de casos, solo se podrá tomar algo en la barra o en mesas colocadas en lo que eran pistas de baile. Es decir, se podrá entrar para consumir, algo que los tímidos, para su desgracia, llevan toda su vida haciendo. 

Ante el extraño protocolo de la Generalitat sobre las discotecas habrá quien diga ¡eso no es bailar!

Llegados a este punto, habrá quien por fin entorne los ojos y diga: ¡eso no es bailar! Quizás lo diga como quien pone en duda hasta qué punto una hamburguesa de tofu es una hamburguesa o unas galletas Digestive son en realidad digestivas (no lo son, hay hasta fallos judiciales) o la Leche de soja es leche (de hecho, la tuvieron que rebautizar como Bebida de soja). También hasta qué punto tiene sentido abrazar sucedáneos apagados de lo que hace unos meses era normal.

Bailamos desde que existimos, desde el regazo de los padres cuando aún no sabemos hablar pero ya nos acunan. Leía ayer en 'El infinito en un junco', fantástico libro de Irene Vallejo, que el primer resto de alfabeto griego que se conserva es una frase escrita en un vaso del VIII a.C. (el Vaso de Dípilon) donde se lee: “El bailarín que dance con mayor destreza…”. Los filósofos están de acuerdo: Nietzsche afirmó que solo creería en un dios que bailara y Sergio Dalma, que bailar pegados es bailar (“igual que baila el mar, con los delfines”). ¿Pero se puede bailar en estas condiciones? Igual se baila como se vive y este baile absurdo, frío e incluso algo idiota será nuestra forma de vivir durante un tiempo. 

Echo tanto de menos cuando me podía meter con la gente que en las terrazas, 'gin-tonic' en mano, decía eso de “esto es vida” y también con los cascarrabias que, desde la barra, soltaban: “Esto no es bailar”.