08 jul 2020

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análisis

Trump a su regreso a Washington el pasado domingo tras el mitin en Tulsa.

AP / PATRICK SEMANSKY

¿Es fácil ser Trump?

Alfonso Armada

La herida del racismo, junto a su brutal ignorancia e inhumanidad a la hora de hacer frente al coronavirus, acabó mostrando en el frustrado mitin de Tulsa el estado de ánimo del país y, tal vez, el principio del fin de Trump

La foto es atroz. El negativo de ese tipo siempre atildado dentro de su máscara bañada en emulsión de zanahoria, con el pelo convertido en yelmo para la gran caja de resonancia de su cerebro vacío de convicciones, pero forrado en sus cuatro dimensiones con pantallas planas para el juego de los ecos, de americana invicta de vendedor de humo y la gorra de jugador de béisbol profesional del campeonato mundial de la egolatría. 'Make America Great Again'. El regreso de la batalla de Tulsa. La elocuente estampa de Donald Trump con el maquillaje derritiéndose, la corbata como la estola fláccida de un chamán que ha perdido los poderes, la permanente mustia y la gorrilla en la mano. La imagen de la derrota del peor enemigo de sí mismo. 

Una de las cosas que más me asombraban cuando fui corresponsal en Nueva York era la conciencia de ser alguien aun siendo, para las varas de medir del capitalismo estadounidense, nadie. La omnipresencia de la bandera de las barras y estrellas. Desde el carrito de la compra donde arrastra toda su vida un sintecho hasta todo el espectro residencial americano. Eso dice mucho de la capacidad del sistema para generar afinidad, un raro orgullo que incluso en medio de la destitución social y el abandono asume el 'dictum' calvinista de que uno es el maestro de sus desgracias y de sus éxitos. Hollywood entendió en qué medida un arte eminentemente popular podía servir el condimento ideológico capaz de convertir el sueño americano en banderín de enganche universal, que ha atraído a tantos perseguidos y a tanto talento que ha cuajado sobre todo en el siglo XX, el siglo estadounidense.

Identidad amenazada

Un poderosísimo imán que Trump ha intentado desactivar porque en su visión, y en la mentalidad más reaccionaria de los WASP (blancos, anglosajones, protestantes, y ahí el espectro es más ideológico que de clases, porque abarca multimillonarios a 'homeless'), parte de la visión de una identidad amenazada por los de otro color, otras creencias, otros orígenes, otras inclinaciones sexuales. La base con la que Trump supo conectar y a la que sigue apelando. Como han revelado intelectuales como Anne Applebaum, lo que ha pretendido Trump no ha sido recuperar el poderío de su país, sino, en un descarnado canto al individualismo más feroz, devolverle a su emporio el poderío que acaso nunca tuvo. Por eso necesita a toda costa salvar la presidencia. Porque le quedan todavía muchos réditos que rebañar. 

La herida del racismo, junto a su brutal ignorancia e inhumanidad a la hora de hacer frente al coronavirus, acabó mostrando en el frustrado mitin de Tulsa el estado de ánimo del país y, tal vez, el principio del fin de Trump. Aunque hará lo posible por seguir horadando las instituciones, poniendo en duda la legitimidad del sistema si él no revalida su mandato en las presidenciales de noviembre. Como si en realidad fuera un agente doble, un agente al servicio de la China de Xi Jinping (que está aprovechando la desaparición de Estados Unidos de la escena mundial para avanzar como nueva superpotencia) y de Vladimir Putin (que parece el modelo en el que le gustaría reencarnarse a Trump: un presidente vitalicio).

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