REVISIONISMO HISTÓRICO

Lo que queda cuando derribas una estatua

En las imágenes que se reproducen estos días por todo Occidente veo, salvando las distancias, algo de esa amnesia revolucionaria

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Varios hombres celebran el derribo de una estatua de Cristóbal Colón en Saint Paul (Minnesota), el 19 de junio.

Varios hombres celebran el derribo de una estatua de Cristóbal Colón en Saint Paul (Minnesota), el 19 de junio. / ZUMA WIRE / CHRIS JUHN

El derribo de las estatuas es la señal de que un régimen colapsa. Los historiadores romanos salpican sus crónicas de estatuas imperiales desmoronadas. Erigidas por la megalomanía del tirano, diseñadas para su gloria personal, no tardan en venirse abajo cuando la mano de hierro queda inerte. Más cerca en el tiempo, nos impresionó la cabeza de bronce del dictador Sadam Hussein arrastrada por las calles de Bagdad en los primeros días de la invasión a Irak. Aquella estatua nos avisaba de que la paz pende a veces de la estatua más horrenda.

Quienes derribaron a Sadam no habían previsto que la guerra civil sería peor que la tiranía. Los rebeldes de Daesh, que quisieron ocupar el trono, tenían la costumbre de volar estatuas antiguas allá donde iban con su revolución. No pretendían otra cosa que controlar el pasado para controlar el futuro, como si hubieran leído a George Orwell. En las imágenes que se reproducen estos días por todo Occidente veo, salvando las distancias, algo de esa amnesia revolucionaria.

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Antes de derribar una estatua hay que tener claro qué colocarás en su lugar. ¿Qué se puede poner en el pedestal del que se desaloja a alguien como George Washington? Que aquella figura histórica fundamental fuera propietaria de esclavos no mancilla sus logros ni su relevancia. Era cuestión de tiempo que el edificio majestuoso que ayudó a levantar alojase también a los que habían llegado como esclavos. Pero es ese edificio, Estados Unidos, lo que está colapsando en medio de revueltas identitarias.

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A diferencia de los antiguos, hoy derribamos estatuas no porque haya caído una tiranía, sino por angustiosos sentimientos que nos impiden razonar en términos que no sean literales. Incapaces de entender que figuras con sombras oscuras también proyectan luz hacia el futuro, como en el caso de Colón, los manifestantes actúan movidos por un impulso puritano que implica algo ridículo: que solo deben levantarse estatuas a los santos. 

Hallarán muy pocos a lo largo de la historia.