EDITORIAL

Unas elecciones para moderarse

Por segunda vez, Casado pone freno a la estrategia de la tensión cuando se acercan las urnas, una actitud que no debería ser coyuntural

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El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, y el del PP, Pablo Casado, el pasado 21 de junio, en Santiago.

El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, y el del PP, Pablo Casado, el pasado 21 de junio, en Santiago. / EUROPA PRESS / ÁLVARO BALLESTEROS

Como ya pudo comprobarse el pasado fin de semana, superada la fase aguda de la pandemia y levantado el estado de alarma, los partidos políticos se centran en afrontar las elecciones autonómicas en Euskadi y en Galicia, que se celebrarán el 12 de julio (mientras que en el campo independentista todas sus maniobras se deben leer en clave de otros comicios aún sin fecha). Las dos elecciones aplazadas en su día por el estado de alarma son cruciales, no solo por la posibilidad de refrendar las mayorías de gobierno en ambas comunidades y en el caso vasco, la colaboración entre PNV y PSOE, sino por su repercusión en la política española y, en concreto, en la actitud del PP, en el que existe un soterrado debate entre los moderados y los duros sobre la estrategia de oposición al Gobierno de Pedro Sánchez. Se trata del dilema de intentar restar votos a Vox acercándose a sus posiciones, opción que ha primado en los últimos meses, o, al contrario, distanciarse de la ultraderecha para ocupar el espacio que, según Pablo Casado, deja Ciudadanos (Cs) con sus pactos con el PSOE.

En los últimos días hay algunos signos de que el PP intenta moderar su oposición y no debe ser ajeno a ello la proximidad de las elecciones, sobre todo en Galicia, donde el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, mantiene un discurso centrado y ha mostrado en más de una ocasión su incomodidad hacia posiciones intransigentes como las que defiende la portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo.

Acercamiento de posiciones 

Esta postura más moderada parece que se traducirá en un acuerdo de mínimos con el PSOE en la comisión del Congreso sobre la reconstrucción, de la que fue excluida precisamente Álvarez de Toledo para que el PP fuera representado por caras más amables, como la de Ana Pastor. En la comisión, que se estructuró en cuatro áreas (sanidad, economía, Unión Europea y política sociales), el PSOE y el PP han acercado sus posiciones en el área de sanidad, en cuyo grupo de trabajo puede haber un acuerdo, con un documento único que envíe a los ciudadanos que han sufrido la pandemia un mensaje de unidad. En ese documento se recogerían buena parte de las propuestas del PP de crear una Agencia de Salud Pública y Calidad Asistencial, desarrollar estrategias de vigilancia epidemiológica, reforzar la atención primaria e impulsar la investigación, entre otras medidas.

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En el resto de los grupos de trabajo, las posiciones están más alejadas, aunque Sánchez confía en convencer a Casado, en la ronda que iniciará en los próximos días, para que no obstaculice el acuerdo en la UE sobre el plan de recuperación de 750.000 millones de euros alineándose con las condiciones que los halcones exigen para conceder la mayor parte de esta suma. Al mismo tiempo, parece que el PP ha descartado votar en contra del decreto que fija las medidas aplicables en la nueva normalidad y que su posición oscila entre la abstención y el voto a favor. Sería muy positivo que Casado apoyara el decreto, del que se acaba de descolgar ERC.

De todas formas, la supuesta moderación del PP tendrá una piedra de toque en las elecciones vascas, donde, a diferencia de en Galicia, el candidato elegido por Casado es el duro Carlos Iturgaiz, que desplazó a Alfonso Alonso, exministro de Mariano Rajoy que apoyó en las primarias a Soraya Sáenz de Santamaría. Sería bueno que este giro aparente no quedara reducido a Galicia y se extendiera a toda España. Y que no fuese una relajación coyuntural y reversible, como la que fugazmente ensayó Casado en la última repetición de las elecciones generales. El país necesita un acuerdo entre los grandes partidos para afrontar la crisis económica provocada por la pandemia y acabar así con una crispación estéril y desmoralizante, que, además, como indican las encuestas, rechaza la inmensa mayoría de los ciudadanos.