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Memoria sin intermediarios

Derribar estatuas en nombre de lo políticamente correcto puede tener efectos perversos

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Memoria sin intermediarios

La oleada de protestas por la muerte del afroamericano George Floyd, ahogado por un policía en Minneapolis, ha desatado el llamado ‘movimiento de las estatuas’. Su objetivo es eliminar del espacio público aquellos personajes que simbolizan la opresión blanca y el pasado colonial. Hasta la estatua de bronce Winston Churchill en Westminster tuvo que ser enlatada en un sarcófago después de que los manifestantes escribieran en su pedestal que “era un racista”.

El jamaicano Geoff Palmer -primer profesor negro de la Universidad de Edimburgo- alertó que estas protestas “son un acto emocional que no responde a los verdaderos problemas del racismo institucional”. Designar cabezas de turco del pasado colonial significa olvidar, en el caso del Reino Unido, que toda la sociedad británica -las ciudades, la industria, la universidad- se benefició durante el Imperio de las riquezas y los recursos de otras partes del mundo.

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Destruir el pasado no es la mejor manera de construir el futuro. Es una tarea de distracción ante los problemas del presente. Como apunta Joan Barata en la revista 'política&prosa', lo políticamente correcto puede ser perverso: “Ocultar expresiones del pensamiento y la creación humanas por el simple motivo de falta de sintonía con las convicciones, valores y costumbres del presente solo lleva al desconocimiento del pasado y del largo camino dialéctico que nos ha llevado al estadio actual de la historia”.

Sí, derribar estatuas para destruir el pasado en nombre de lo políticamente correcto puede tener dos efectos perversos. Primero: ocultar el nexo de unión entre la herencia del pasado colonial y el racismo del presente. Y segundo: supone aceptar la figura de los intermediarios de la memoria, es decir, de aquellas personas en las que delegaríamos el papel de decidir aquello que el resto de ciudadanos pueden ver o no ver. Memoria selectiva.