08 ago 2020

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IDEAS

Aficionados de la Juventus, viendo el Nápoles-Juventus en un bar, el pasado 17 de junio

REUTERS / MASSIMO PINCA

Mi estado de alarma

Josep Maria Pou

Pensé en acercarme al grupo y llamarles la atención. En recordarles, educadamente, las normas de higiene que rigen estos días, el compromiso colectivo, la prudencia debida. Cobarde, no me atreví y escogí marcharme

Entiendo que estoy asistiendo al comienzo de algo nuevo y que debo moverme con cuidado. Desconozco el camino y, siendo novicio, camino a trompicones. Tengo, lo confieso, las mariposas en el estómago propias de los momentos difíciles. Se activan solas. Revolotean. Se agitan, descontroladas. Arman bulla, las puñeteras. Pero me mantienen alerta. Son mi alarma particular, ahora que se ha disuelto la colectiva. Mi farolillo rojo.

Anteayer, sin ir más lejos, estaba yo sentado en una terraza disfrutando, tranquilo, del aire y la lectura. Un par de señoras tomaban té verde y té rojo a tres metros de distancia. Otras mesas y sillas, vacías. Gozosa quietud de media tarde. Y de pronto irrumpió, como salido de la nada, un grupo de diez o doce chavales. Estaban, ellos y ellas, en esa edad en la que, superada la adolescencia, no alcanzan todavía el estatus de jóvenes con futuro. Alborotados, sobrepasados de risas y voces, juntaron cuatro mesas y se sentaron, formando corro, a un metro escaso de mí. Ordenaron bebida y sustento al modo de los ocupantes de la antigua y famosa mesa redonda, y empezó enseguida un desenfrenado ritual de abrazos y besuqueos que desembocó, al poco, en otro, bastante menos caballeresco, de mejillas y cachetes. Ninguno vestía mascarilla. Ninguno tenía las manos quietas.

La cercanía, no deseada, me convirtió en espectador privilegiado. Y mis mariposas, que dormían, confiadas, la siesta, empezaron a removerse en señal de alarma. Pensé en acercarme al grupo y llamarles la atención. En recordarles, educadamente, las normas de higiene que rigen estos días, el compromiso colectivo, la prudencia debida. Cobarde, no me atreví y escogí marcharme.

Apenas levantado de mi asiento, vi a las dos señoras, las del té verde y rojo, dirigiéndose al grupo, decididas. Oí como les pedían, maternales, que miraran por su salud (la de ellos) ya que parecía importarles tan poco la suya (la de ellas). Los chavales escucharon, callaron, agradecieron la reprimenda, pidieron disculpas y movieron sus sillas en busca de distancia. Desde la puerta del bar, el camarero aplaudió a las señoras. Y yo me fui de allí convencido de que todos, menos yo, habían hecho lo que debían.

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