08 ago 2020

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La desescalada

Quim Torra, en la reunión telemática con Pedro Sánchez y el resto de presidentes autonómicos del 7 de junio.

RUBÉN MORENO

Prisas por volver a ser un Gobierno autonómico

Jordi Mercader

En Barcelona y Lleida la fase 3 será un visto y no visto, porque además de la llegada del verano, en Catalunya existe un Ejecutivo necesitado de dejar su pátina en la gestión del virus

El Gobierno catalán no disimula su impaciencia por librarse de las órdenes del ministro de Sanidad, Salvador Illa, o lo que es lo mismo, superar la gestión centralizada de la crisis del coronavirus. Desde la Generalitat se ha vivido esta etapa intervencionista del poder central como una ignominia nacional, una humillación a su aspiración de aparentar ser algo más que un Gobierno autonómico. Ahora tiene prisa por volver a serlo. Meritxell Budó lo dejó claro el martes: la vigencia de la fase 3 en toda Catalunya será mínima, si pueden ser minutos mejor que horas, en todo caso solo el tiempo imprescindible para acabar de redactar un decreto y preparar una rueda de prensa para anunciar que la Generalitat ya vuelve a estar al mando.

A diferencia del confinamiento, la gobernación de la desescalada se le ha complicado al Gobierno de Sánchez, acabando más o menos como el rosario de la aurora, con prisas e improvisaciones. La sospecha de haber relajado los criterios iniciales para atender a las muchas presiones recibidas parece firme y afecta tanto a las autoridades que pedían acelerar como a las que concedían el trámite. Al final, el miedo a verse arrollados por la llegada de Sant Joan ha sido insuperable. El General Verano es tan invencible en materia de movilidad ciudadana como el General Invierno lo ha sido históricamente para las fuerzas de ocupación de la Santa Rusia.

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El resultado de tanta diligencia será que en Barcelona y Lleida la fase 3 será un visto y no visto, porque además de la llegada del estío, en Catalunya existe un Gobierno necesitado de dejar su pátina en la gestión del virus. Sus portavoces han pasado de criticar la desescalada por ser demasiado rápida a anunciar que el último estadio oficial de la apertura será clausurado sin agotar el plazo previsto. Lo urgente ahora es proclamar la vigencia de una nueva etapa de regulación imprescindible y específica para los catalanes, más allá del decreto de la nueva normalidad, que es cosa española. Al final, el Gobierno de Torra podrá subrayar su total autonomía en el ejercicio de las competencias autonómicas.

El decreto de la Generalitat presentará diferencias con el del Gobierno de Sánchez, sea fijando algunas recomendaciones de movilidad o previendo los criterios de aislamiento ante los previsibles rebrotes. No se entendería de otra manera, este es el objetivo político de regular una situación ya regulada. Aunque primero habrá que ver si los socios de Gobierno se ponen de acuerdo, evitando reproducir las discrepancias que los departamentos de Salut y Presidència (con sus respectivos expertos por bandera) mantuvieron al explotar la pandemia. Luego vino Pedro Sánchez y recabó para sí toda la responsabilidad y el asunto no fue a más. Ahora, el ministro Illa, después de regalar un elogio a la Generalitat (las cosas en Catalunya se han hecho bien, dijo), recordó que el Gobierno central siempre tiene a mano el estado de alarma, porque el virus sigue ahí y también para poner sobre aviso a los navegantes del enredo.